Si las maritoñis fueron unos modestos dulces de crema que aliviaron la infancia de los niños de la posguerra en Granada, su superlativo, las mariantonias, son un conjunto de titanes botánicos emparentados con las secuoyas californianas que crecen desde hace 150 años en un bosquete secreto de la sierra de La Sagra, entre Huéscar y Castril. ¡Vivir para ver! Lo que las tortas devolvían con dulce, los árboles lo abonan con deslumbramiento. Las mariantonias, grábelo bien el viajero en su memoria de asombros, es el nombre con que los lugareños de Huéscar se refieren con orgullo a los ejemplares de secuoyas gigantes, nietas de los portentosos ejemplares del parque Yosemite: miles y miles de kilómetros de distancia que el milagro de la botánica reduce a un paseo para que los curiosos ahorren desplazamientos, pero no impresiones.

Todo es grande y misterioso en torno a estos árboles: 50 metros de altura y no menos de seis personas con los brazos extendidos para abarcar el perímetro de su tronco. Los mejores ejemplares de las secuoyas granadinas están concentrados en un paraje privado, la finca de La Losa, que organiza las visitas y contextualiza el bosque.

¿Cómo llegaron hasta aquí? La noticia más creíble atribuye a Rafael de Bustos Sagade, marqués de Corvera, el traslado de los plantones de secuoya hace siglo y medio hasta La Sagra. ¿Y por qué mariantonias? Hay dos teorías, una defectiva y otra afectiva. La primera apunta a una derivación errónea de Wellingtonia, el nombre que le dieron los ingleses, y la otra a la madre del marqués, que se llamaba María Antonia, aunque era más bajita.

Las visitas se hacen previa reserva al teléfono 687447009 y se organizan en turnos de 15 personas y 45 minutos de duración.

Contenido facilitado por turgranada.es

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