Durante muchas décadas, cuando la red de carreteras de Granada constreñía la movilidad más que facilitarla, Vélez de Benaudalla era solo una población de paso y la parada obligatoria de los viajeros que buscaban, tras superar curvas mareantes, la línea promisoria del mar, para reponer fuerzas con sus célebres pestiños, uno de los dulces más apreciados de la provincia. Los pestiños de Vélez son para los granadinos tan sugestivos como la legendaria magdalena para el escritor francés Marcel Proust: pura magia para los sentidos y la imaginación. Hoy Vélez, situada en las puertas de la Costa Tropical, en una ladera que se remansa sobre el río Guadalfeo, es una población para quedarse. Atractivos no le faltan.

Uno de los espacios más característicos es el Jardín Nazarí, auténtico prototipo de todos los jardines hispanomusulmanes que fueron construidos con celo poético durante la dominación árabe y se desarrollaron en los siglos posteriores. Para el historiador y académico John Dickie, su supervivencia a través de los siglos es “un auténtico milagro” y un “testimonio inapreciable” de la jardinería árabe. La finca se deslindó en 1573 y poco a poco el caserío original fue invadiendo las tierras contiguas.

Como todos los espacios similares de la civilización hispanomusulmana, el jardín de Vélez fue concebido como una representación terrenal del paraíso primigenio, un lugar donde convergen todas las artes y todos los elementos decorativos ligados para recrear los sentidos: colores, aromas, texturas, sonidos. La vegetación y el agua, sabiamente combinados, han hecho del jardín de Vélez un lugar único y una porción del paraíso que ha superado los siglos.

Un agua, por cierto, que alcanza también el culmen de la belleza en el Paseo del Nacimiento, el espacio, hoy convertido en un paseo, que surte de agua las viejas canalizaciones que riegan los bancales de los cultivos de primor.

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