Federico García Lorca, en uno de sus primeros viajes a la Alpujarra, allá por 1918, cayó rendido ante la majestuosidad de la vista de los pueblos que se extendían recostados en las montañas: “Veo desde aquí Soportújar, Láujar, Vallacar [o Bayácar] y Cáñar. Oigo el canto de cuatro ríos que bajan dando tumbos a los olivos de la Vega de Órgiva”, escribió en el reverso de una postal. Estuvo en Órgiva y es muy probable que visitara Soportújar y se deleitara recorriendo las mismas calles empinadas y estrechas, las casas encaladas de tejados planos, los balcones naturales y los tinaos típicos de la arquitectura del país que siguen fascinando hoy a los visitantes.

Soportújar era conocida desde antiguo como “tierra de brujas”, un nombre que los naturales aceptaron durante siglos con cierta resignación, hasta que allá por 2017 las autoridades locales decidieron explotar tales atribuciones mágicas como un plus para el turismo. Desde entonces el pueblo ha ido incorporando en sus calles figuras de brujas, trasgos, duendes, hechiceras y dragones hasta crear una especie de parque temático callejero apto para el turismo familiar. El visitante podrá contemplar la versión alpujarreña de la casa de los cazadores de brujas de Hansel y Gretel y la de Baba Yagá, aquella vieja huesuda de la mitología eslava que volaba sobre un almirez y asustaba a los niños con sus piernas desiguales: una normal y otra de hueso. Hay también una Fuente del Dragón, una Cueva del Ojo de las Brujas, un puente encantado, un mirador del embrujo (quizá el mismo que hechizó a Lorca) y, para las reuniones de todos estos seres oscuros, una era donde celebran los aquelarres, una especie de congreso en el que los asambleístas en vez de portafolios intercambian filtros y escobas voladoras.

Puedes ampliar esta información en este enlace.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí