Hasta ahora, con más o menos preocupación, todo esto del coronavirus ha venido siendo algo que nos pillaba de lejos y que podía ser como una gripe… o no, pero en cualquier caso era algo que se iba a resolver con colaboración ciudadana, respuestas emocionantes, buena voluntad, aplausos en los balcones y sentido común.

En general, hasta ahora, al respuesta social ha sido ejemplar si se prescinde de los descerebrados de siempre (en un país de casi cincuenta millones de habitantes tiene que haber muchos tontos, es pura matemática) y los tontos que han ido a contagiarse del virus en las peleas por comprar papel higiénico en el supermercado.

No ha faltado quien intente sacar rédito político de la situación: cómo no iban a perder los gobernantes catalanes la oportunidad de hacer el imbécil una vez más. Si no los conociéramos sería asombroso pero es que ya estamos acostumbrados.

Pero todo esto suena lejano, a noticias de la tele.

Lo serio viene ahora: en estos días va a empezar a dar síntomas los infectados en las manifestaciones del 8M, en los últimos partidos de fútbol, en el mitin de VOX y dentro de unos días empezaremos a recibir noticias cercanas, esta vez ya no por la tele, de que en el quinto piso ha muerto un señor mayor y dos más allá una mujer que parecía que estaba bien y hasta un hombre con dos hijos pequeños que nadie se imaginaba que podía tener complicaciones con esto.

Y pasaremos de estar preocupados a tener miedo.

Ayer ya murió la primera persona en Granada con cincuenta y siete años y hoy mismo ya tenemos la segunda víctima. Ayer en Málaga murió un joven de 21 años.
Como esto solo puede ir a peor, va a ir seguro a peor, lo mejor es analizar qué podemos hacer cada uno de nosotros sin esperar a que vengan los políticos a salvarnos… y esperar a que escampe.

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