GRANADA, 18 (EUROPA PRESS)
Inmaculada Echeverría, la mujer de 51 años natural de Navarra que desde hace más de 30 vive postrada en una cama por la distrofia muscular progresiva que sufre, pidió hoy «respeto» por su decisión de acabar con una vida de «enfermedad» y «opresión», con una inyección letal.
«Id al grano». Así comenzó su comparecencia ante los medios de comunicación Inmaculada, una vez que ya habían manifestado su petición de eutanasia su abogado, Ignacio Fernández, y su amigo Federico Oloriz, en el Hospital de San Rafael de Granada, donde permanece ingresada.
En plenas facultades mentales, su enfermedad sólo le permite mover los dedos de las manos y los pies y levemente los músculos de la cara. Una traqueotomía realizada, «en contra de su voluntad», hace ahora nueve años la mantiene enganchada a un ventilador mecánico del que depende para respirar.
Desconectarlo sería suficiente para acabar con su vida, pero «sería una muerte muy cruel», dijo Inmaculada, que solicita que se le ayude a «morir libremente y sin dolor», aunque reconoce que la «situación es difícil. Nadie me entiende y se trata de mi vida».
Postrada en una cama desde hace tres décadas, Inmaculada contestó como pudo a las preguntas de los periodistas con la intención de «alzar la voz» y dar a conocer que es «inhumano vivir así».
Además de la distrofia, sufre osteoporosis, deformación de las extremidades, rotura de huesos provocada por los cambios de posición, continuos dolores y dificultad para hablar. «Estoy muy harta de vivir así, cada vez me veo peor», escribió recientemente en una carta que remitió a la Asociación Derecho a Morir Dignamente, donde indicó «lo más duro es depender de todo el mundo, para todo…»
Le hubiera gustado ser médico o karateka, pero su vida, sin embargo, se caracteriza por la «soledad», el «vacío» y el «silencio» que sufre desde la cama del hospital donde vive. Aunque asume que es complicado ponerse en su lugar, pidió que al menos «se intente».
En su escrito, la mujer explicó «la vida no tiene más sentido que el dolor y la angustia de ver que amanece un nuevo día para sufrir y esperar que alguien escuche, entienda y acabe con esta agonía».
Tiene hecho el testamento vital en el que pide que «cuando llegue la hora no hagan nada», lo que está contemplado en la legislación vigente de la comunidad autónoma andaluza, pero no así su solicitud de morir con una inyección letal.
Interrogada sobre desde cuándo piensa así, Inmaculada aseguró «lo tuve claro desde los 29 años» y «nadie sabe el tiempo que me queda de vida». Asume su enfermedad pero «no los métodos artificiales que de alargarla», a su juicio, de «manera inútil, aumentando el dolor y desesperación que ya sufría y que esperaba acabara con la muerte natural».
Aunque nerviosa, Inmaculada logró hoy hacer públicos sus deseos, consciente de que dentro de poco perderá también los pocos movimientos que le «permiten ponerse en contacto con la gente». Por eso, el hospital en el que está ingresada, de confesionalidad católica, accedió a su petición.
«La asociación se ha puesto en contacto conmigo», explicó la mujer, que no alberga muchas esperanzas en una respuesta rápida porque «me dieron buenas palabras, pero a la hora de la verdad, nada», precisó.
«Si legalmente cabe ese fin que ella solicita», dijo su abogado, «vamos a esforzarnos al máximo para conseguirlo», ya que su voluntad es «dejarnos», recalcó el amigo que la acompañaba junto a la cama, porque por su situación «no quiere seguir aquí».
La desconexión de un respirador a un paciente irreversible que lo solicita es una «limitación del esfuerzo terapéutico» considerado una buena práctica médica no tipificada en el Código Penal, porque la causa «necesaria y directa» del fallecimiento no es la suspensión del tratamiento, sino el proceso de enfermedad grave e irreversible, debiéndose llevar a cabo con las garantías asistenciales propias del sistema público de salud.
Sin embargo, la paciente, temerosa de una «muerte angustiosa y cruel», solicitó de este modo «ayuda» para atender su demanda de morir «sin dolor».

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