Con el paso de la primera quincena de septiembre podemos anunciar que ya es otoño en Granada. Por las mañanas tenemos que coger alguna prenda de manga larga porque los quince grados y la piel humana no se llevan muy bien. El tráfico fluido durante todo el mes de agosto se transforma en infernal y la banda sonora de pitos e improperios entre conductores hacen que, los que vamos al trabajo andando para practicar deporte, nos planteemos la beatificación de los inventores de los reproductores portátiles de música.

Los estudiantes universitarios que terminan sus exámenes de septiembre comienzan a reunirse en espacios abiertos granadinos para planificar el próximo curso acompañados de voluminosos paquetes de pipas cuyas cáscaras adornarán el relieve de la ciudad. Las botellas de cerveza y otras bebidas alcohólicas son sólo un aliciente para entrar en conversaciones airadas sobre los orígenes genealógicos de cierto profesor de la Escuela de Caminos o una serie de especulaciones sobre la fidelidad de la mujer del examinador de alguno de ellos.
Sus vacaciones comienzan ahora, ya que han estado todo el mes de agosto preparando a conciencia las asignaturas que no pudieron aprobar durante el curso debido a planes de estudio excesivamente duros (en esta frase no hay ni una pizca de ironía) o a una incompatibilidad horaria entre clases, dedicación a la materia y una estresante vida social nocturna.

Podremos observar en sus diálogos aumento de la contaminación acústica con el paso de las horas y las copas, además de una tendencia cada vez más positiva hacia la amistad dirigida a orinar en cualquier esquina de la vía pública por parejas del mismo sexo. Los vómitos pueden ser un camarada de última hora de la noche y se justifican por el mal estado del shawarma ingerido a las 5 de la mañana en Pedro Antonio de Alarcón.
No diré que cualquier tiempo pasado fue mejor. Siempre ha existido gente responsable e irresponsable. Recuerdo que antes , y sólo tengo 27 años, el botellón no era una opción obligatoria cada vez que saliamos, ni el tener que ver amanecer todos los días. A mi me gusta beber pero no pasar frío en la calle. Algunos alegarán que al trabajar puedo permitirme pagar 4 o 5 euros por una copa, pero aparte de las copas, tengo que pagar un piso, facturas y muchas más cosas que hacen que salga por pubs a tomarme unas cervezas algunos días (adoro el zumo de cebada y maldigo el garrafón), mientras que otros optó por cenar en casa con amigos, quedarme leyendo (si, la lectura puede ser divertida), alquilar una película o simplemente jugar una partida a la Playstation.
Mi último botellón hasta la actualidad fue hace cuatro años en Carvajales. Nos pillamos un buen pelotazo pero al levantar la cabeza y ver La Alhambra al frente nos dimos cuenta que una mañana nos gustaría subir allí con nuestros hijos y que pudiesen jugar sin estar rodeados de cristales. Recogimos todo, incluso cosas que no eran nuestras y con la verguenza de un mínimo de civismo comenzamos a caminar hacia un contenedor.
Si un día tengo que volver a beber en la calle será allí, no molestaré a nadie y haré exactamente lo mismo. Disfrutar del paisaje en compañía de mis amigos. Tendremos dinero para beber en los bares, pero seremos libres de hacerlo o no. Próximamente, la fiesta del otoño.
JMRojas www.granadaenlared.com

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