últimamente es salir a pasear a Granada, mirar en todas las direcciones y ver a ciudadanos atravesando los espacios públicos en posturas que cualquier malabarista o contorsionista desearía para su repertorio. ¿A qué se debe? Podría tratarse de los efectos de un terremoto, pero sin embargo es algo aún más mundano: Las obras.

Cables, túneles, nuevas aceras más amplias y una innumerable lista de medidas que sin duda beneficiarán a todos los que disfrutamos de vivir en uno de los rincones más bonitos de Andalucía. El problema es que en el momento de comenzar a pasear o circular por la nueva identidad granadina aparecerán planes y proyectos beneficiosos para el desarrollo de la ciudad. Otra vez nos pondremos a la pata coja y daremos saltitos para evitar excavaciones de civilizaciones pasadas y restos de una cuñada de la prima hermana de la sobrina de un importante militar musulmán del s.VII (con todo mi respeto a la Historia y a la Arqueología, hay hallazgos y hallazgos).
Cuando realizamos una reforma en nuestro hogar es muy doloroso el tiempo que los albañiles, fontaneros, electricistas y pintores emplean en transformar el espacio diario que ocupamos. Sin embargo, con el paso del tiempo nos sentimos orgullosos de la decisión que tomamos al aumentar el salón o unirle la terraza.
El problema es la multitud de inquilinos e intereses con capacidad para hacer reformas en nuestra ciudad y hasta aquí puedo leer.
Hoy con más sentido que nunca, «No hay nada peor que ser ciego en Granada». Cuidado con las zanjas.

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