La historia de la piscifactoría de Riofrío, fundada en 1963 por el biólogo Alberto Domezain, es tan legendaria como el propio esturión, esa criatura que parece escapada de los ríos prehistóricos y que desde hace siglos seduce a los paladares con sus huevas, auténticas perlas dignas de una joyería: por su aspecto y por su precio.

Los sibaritas dividían los placeres en extensos (los duraderos, como la comida y la bebida) y los intensos (como el sexo). El caviar es quizá el único producto que reúne las cualidades de ambos: es alimento y, por tanto, duradero, pero se consume en un tiempo tan breve y es de tal intensidad que se asemeja a un lance amatorio. Quizá sea en este hecho, tan placentero como paradójico, donde radique su poder de seducción, aparte, por supuesto, de su calidad.
La piscifactoría de Riofrío cría y mima los esturiones de diversas variedades (¡agárrense al latín!): el Acipenser nacarii: el Acipenser gueldenstaedtii (osetra) y el llamado Huso huso, es decir el famosísimo beluga.

Con todos estos nombres y romanismos, con mucha paciencia y cuidado, la firma comercializa y exporta hoy diversas variantes tan seductoras como el caviar beluga con la misma característica que el que consumían los zares, el caviar ecológico clásico y su versión de lujo Excellsius 000, además de la variedad –también ecológica- recién extraída. Además, figura en catálogo el osetra tradicional, el Excellsius y el llamado “osetra con Orgullo”. Por innovar incluso han inventado un caviar deshidratado que se vende en molinillo de especias. ¿Los precios? Desde el de 42 euros los 30 gramos hasta el de 780 euros por una latita de 100.

¡Lo más parecido a la lujuria!

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