El público que llenó el Teatro Isabel la Católica pudo presenciar un concierto de jazz muy distinto a las habituales actuaciones en los que la fuerza y el virtuosismo se adueñan del escenario.
Aparentemente pertenecían a dos mundos diferentes, de un lado el ardor latino del caribeño Danilo Pérez y de otro el jazz «cool», esa facción del jazz completamente desapasionada e intelectual. Sin embargo en Granada el pianista panameño recibió con todos los honores que requería a la leyenda poniéndose a su servicio y encontrando un tono común. Así el público que llenó el Teatro Isabel la Católica pudo presenciar un concierto muy distinto a las habituales actuaciones en los que la fuerza y el virtuosismo se adueñan del escenario.A sus ochenta y un años el saxofonista Lee Konitz mantiene un tono vital envidiable y una hiperactividad impropia de su edad. En el festival de jazz de Granada se mantuvo casi dos horas encima del parqué apenas apoyado ocasionalmente en un taburete y deambulando libremente entre sus compañeros gracias que tocó sin microfonía. Invitado por el gran pianista panameño, el músico de Chicago hizo su primera aparición en las 29 ediciones del Festival granadino con una mano a mano junto a su anfitrión. Piano y saxo alto juntos para una treintena de minutos improvisando sobre una pieza del veterano músico («LT»). En los años cincuenta del siglo pasado el jazz se fraccionó entre el ardiente e impulsivo be bop y los que fundaron el «cool» por reacción, buscando una abstracción más estilizada y pura, un tiempo más lento y una autolimitación formal frente a las exhibiciones de técnica de los «bopers». Konitz fue uno de los impulsores de esta segunda escuela, y fiel a su leyenda dio u concierto ajustado, sin una nota de más, y con la gran contención marca de la casa. Danilo Pérez, el pianista favorito de otros pianistas como Herbie Hancock, entró en esa dinámica nada pirotécnica, casi de pianista clásico, en la que la sensibilidad y la pureza priman sobre otras maneras expresivas. Un tú a tú improvisado y exquisito bajo una apariencia de informalidad y casi indolencia.
El aporte de la sección de ritmo cuadró definitivamente un sonido menos venturoso, y con ese formato sonaron las primeras piezas de Pérez, «Daniela» y un «Bésame mucho» en el que participó el público susurrando el estribillo del bolero con fervor casi religioso al ser invitado por el panameño. Para los temas «Prayer» y «Elegant dance» se volvió a incorporar el veterano músico estadounidense, desde un discreto segundo plano en función de su necesidad de protagonismo sonoro, asomando por los muchos huecos que dejaron sus tres acompañantes, encantados de escuchar a esta leyenda viva del jazz. Sólo concedieron un bis, basado en una melodía popular panameña y que ha dado pie a todo un himno en el pequeño país centro americano, donde además Danilo Pérez dirige una fundación para los jóvenes talentos de aquel país. «Panamá libre» sirvió de despedida para este superdotado pianista al que adoran en los Estados Unidos por su versatilidad.
Aunque el público insistió con interés en sus aplausos no consiguió prolongar este extraordinario concierto que abrió la segunda semana del Festival de Granada.

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