Con diez millones de discos vendidos y 30 años en ejercicio, el nombre de Spyro Gyra es familiar a varias generaciones de público, desde los que oían música en los setenta, cuando se convirtieron en una referencia del jazzrock, hasta sus hijos y los hijos de sus hijos. Obviamente su concierto en Jazz en la Costa constató esa popularidad con un lleno heterogéneo en edad y procedencia. Como ocurre con los iconos del smouth jazz cuentan incluso con verdaderos fans, y en Almuñécar hubo hasta quien se presentó siguiendo su gira peninsular y, nunca ha habido semejante entusiasmo en el bakstage en los veintiún años de jazz en la Costa, subiéndose al escenario al final, pidiéndoles autógrafos, casi robando baquetas…como si fueran estrellas de los Cuarenta Principales. Que, al menos del jazz sí lo son; son las cosas que pasan cuando se presencia un pedazo de historia. La fuerza del jazz de fusión sigue presente en Spyro Gyra a pesar de la avanzada edad de parte de sus miembros, muy animosos y festivos a lo largo de la noche, especialmente el percusionista. El grupo conserva a dos de sus miembros originales: Jay Beckenstein, el líder, y Tom Schuman, a los que se han incorporado con el tiempo el bajista Scott Ambush, el espectacular baterista Bonny Bonaparte y el guitarrista cubano Julio Fernández, responsable del giro caribeño de algunos momentos del concierto.
Tras el funk feroz de «Jam Up» con el que abrieron en tromba sonaron algunas piezas menos briosas jugando con la infinita paleta de posibilidades que dan 30 discos. Los más añosos disfrutaron con «medley» donde asomaron las legendarias melodías de «Shaker Song» y «Mornin» Dance» entre otros registros de sus primeros tres vinilos. Antes de la mitad del concierto el cubano Fernández, cercano en edad y feeling tostado al chicano Carlos Santana, ya había llevado al grupo hacia los tumbaos caribeños, o, aunque como autor de la pieza final «Funkyard Dog», también mostró buena muñeca para el funk. Tampoco faltó el resultón ataque roquero, que hay que recordar que hasta alguno de sus miembros terminó luego en The Allman Brothers band.
En su concierto hicieron de casi todo, todo correctamente y con ese matiz inconfundible de los saxos de Bernstein (en ocasiones hasta dos a la vez), sobre una percusión siempre en primer termino y un bajo profundo, siempre con un concepto de grupo por delante, de piña por encima de individualidades, y con no poco sentido del humor. Para algunos el «smooth jazz» no es un género muy apreciable por sus prolongaciones comerciales, pero esta permeable fusión espectacular de estilos donde todo cabe, tiene legión de seguidores, y muchos de ellos estaban en Almuñécar dentro de El parque El Majuelo, y también fuera, sin entrada, tras la peregrinación casi religiosa para escuchar a unos gurús del estilo.
Toda esta gente se lo pasó en grande con una música virtuosa, ritual, que sin excesos, está hecha para gustar.
Hoy lunes se presenta en Jazz en la Costa, organizado por el Área de Cultura de la Diputación granadina y el Ayuntamiento sexitano contando con el patrocinio de la empresa Cervezas Alhambra y la colaboración de la Junta de Andalucía se presenta el disco de Sergio Palies «Entre amigos» y entre ellos el armonicista Antonio Serrano.
Maña martes llegará la música cubana de Roberto Fonseca. En la pasada gira del grupo Buena Vista Social Club en el Festival Internacional de Jazz de Granada, sorprendió la presencia de un pianista cubano: Roberto Fonseca. Sin embargo, lo mejor de ese concierto fue su ensayo. Tras una larga prueba de sonido, el contrabajista Cachaíto López y Roberto Fonseca se quedaron solos sobre el escenario, a media luz, para improvisar durante apenas veinte minutos. Unos momentos irrepetibles que, lamentablemente, no pudieron disfrutar los espectadores del Festival. La carrera del joven Roberto Fonseca, uno de los pianistas más interesantes del jazz afrocubano actual, ha sido rápida y brillante. Tras tocar en diversas formaciones, publicar cuatro álbumes bajo su nombre y convertirse en productor y realizador de reputación, adquirió gran notoriedad como pianista de Ibrahim Ferrer y del proyecto Buena Vista Social Club, sustituyendo a Rubén González. Zamazu, palabra que emplea la sobrina del pianista cuando simula hablar en otro idioma, es su carta de presentación internacional, un álbum grabado entre La Habana y Salvador de Brasil, ecléctico en sus acentos jazzísticos y latinos, con una gran variedad de ritmos y conformado en su mayoría por composiciones propias de brillantes arreglos, interpretadas por distintas y alternas formaciones por las que Roberto se mueve, como solista o como acompañante, con una notable maestría. Melancólica y soñadora, latina y expresiva, sutil y depurada o con una gran profundidad orquestal, la interpretación de Roberto es rica y fuerte en todos sus matices. Zamazu empieza con un fragmento de una misa popular que canta la madre de Roberto, destacando el poderoso tema que da título al disco o temas más cercanos al bolero, como el exquisito Suspiro. Entre los ilustres músicos que se alternan en el disco, destacan las presencias de Javier Zalba -un magnifico saxofonista alto y clarinetista formado en el grupo Irakere-, del contrabajista Cachaíto López en la hermosa balada Llegó Cachaíto , de la guitarra flamenca de Vicente Amigo en Congo Árabe y la del músico brasileño Carlinhos Brown en una novedosa versión del espiritual Ishmael de Abdullah Ibrahim y la voz de Omara Portuondo en Mil congojas , canción que Roberto solía interpretar con el desparecido Ibrahim Ferrer.

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