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La hora de la siesta es uno de los momentos sagrados del día. Acabas de comer y el sueño embriagador te invade poco a poco. Entonces, decides ir al sofá, que te espera con los brazos abiertos, como un amigo leal, y decides desconectar del ritmo acelerado de los días locos que azotan nuestras cabezas. ¿Y qué mejor forma para dejar tu mente en blanco que reducir tus ondas cerebrales a un nivel mínimo? ¿Qué cómo se consigue esto? Está claro. Enciendes ese aparatito que tienes justo en frente, al que algunos llaman la caja boba, y te dejas llevar por el programa de turno. De repente se abren a tus ojos unos diez minutos de comerciales que te enseñan los verdaderos valores, las cosas que realmente importan... y acabas pensando que crees que finalmente tienes el pelo hecho un asco y lo que debes hacer es comprarte ese champú, que si lo dice Pe... O mejor, decides que te vas a premiar unos cuantos días de tu vida desayunando y cenando esos fantásticos cereales que te dejan el cuerpo diez después de dos semanas infernales pasando hambre... O bien seguiremos soñando que nos compramos ese maravilloso coche por el módico precio de diez millones (de pesetas, para que nos entendamos, que los euros son muy traicioneros y suena a que vale menos...), que total, entre que termino de pagar la hipoteca, el opel corsa y por supuesto la carrera del niño, que ya lleva siete años en la universidad y sigue sin irse de casa, al final, cuando me jubile más o menos me dará para... Pues será para irme al pueblo de al lado porque con tanto gasto la cosa no da para más.

Pero no sólo acaba ahí la cuestión. No señores, no se piensen que termina ahí el martirio chino de compra plus consumo al que sometemos a nuestros cerebros cotidianamente, que al fin y al cabo el ser humano entiende bien de costumbres y se nos meten subliminalmente los mensajes a todos, bien profundos, en nuestro subconsciente. No termina entonces, que después de los anuncios viene el deporte nacional por excelencia, que no se crean ustedes que es el fútbol, porque, por lo menos lo que es en España, es el cotilleo, está claro. Por tanto, nuestras ondas siguen disminuyendo y entramos en una especie de estado placentero en el que ya no tenemos ningún problema. Ya no nos han gritado en el trabajo, ya no estamos agobiados por la falta de tiempo, porque ahora son otros, los personajes que ocupan las pantallas de nuestro televisor, los que sí tienen de qué preocuparse. Sus traiciones, sus actos escandalosos, sus escarceos, en definitiva, el culebrón de su propia vida, que posiblemente puede ser similar al de nuestra vecina Mari Puri, que también nos entretiene, nos arrancan de nuestra crueldad cotidiana y hacen que se nos olviden los motivos de descontento, como una especie de tregua, durante el tiempo que dure el programa. Por esta razón estos, junto otras tantas películas pastelosas, se convierten en el pasatiempo preferido del homo televisiano.

Sin embargo, mientras se van las horas para caer en el vacío de un agujero negro que lo chupa todo, pasan cosas a nuestro alrededor. Nos convertimos entonces en unas víctimas de la manipulación, ya que quien controla y transmite la información tiene más poder que ningún otro. Machaca y adiestra nuestra cabecita, que está loca por evadirse del dramatismo diario. No obstante, a veces esos programas que parecen tan vacíos de contenido, por obra de una de sus manos pícaras, supongo yo, pone delante de nuestros ojos una denuncia, ya sea social, política o económica. Se trata una bomba de relojería, que la destinan a estallar a una hora determinada un día determinado, una noticia explosiva que pondría de patitas en la calle a más de uno, o entre rejas si hay suerte, y para cuando ese guionista, presentador, director, en definitiva, ese personaje de buen corazón pone de manifiesto un asunto conflictivo ante los ojos inocentes del telespectador que en un chasquido de dedos entra en razón, un brazo poderoso golpea una mesa, quizás a ese movimiento lo acompañe un grito, y de un plumazo aniquila a la libertad de expresión. Es entonces cuando todo vuelve a ser igual que antes. O quizás no, porque al pobrecito que le dio por divulgar la noticia lo largan y con suerte sólo se queda en el paro... De todas formas los telespectadores olvidamos rápido, y los comerciales se repiten demasiado como para que no hagan mella deprisa, y vuelve el champú de Pe, el coche que por más horas que trabajes no vas a poder comprar en años, los cereales, la estupenda crema antiarrugas y otras tantas tonterías de turno, como la vida sexual de los famosos, que ya te digo, si te pones a espiar al vecino seguro que es mucho más interesante y jugosa... Y volvemos a ser manipulables, domesticables, desinteresados. Ya no recordamos lo que nos quita el sueño y nos reímos con lo gracioso que es nuestro país, que aquí sí que se vive bien. Entonces, más que nunca, dormimos la siesta tranquilos.



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