Donde crecen las amapolas
A vista de pájaro, aquella pequeña casita, ubicada a la salida de un pintoresco pueblo montañés, al pie de una de las principales reservas naturales de América, parecía salida de un cuento.
Con su tejado rojo, flores en la ventanas y un jardín adornado con manzanos y ciruelos. Y entre las matas de legumbres, amapolas y romeros.
En su interior, una preciosa niña de grandes ojos azules, rebullía como cada tarde mientras preparaba la merienda.
-¡Son casi las cinco! -me dije mirando el reloj de cuco que descansaba en la pared, junto a la ventana- ¡Está por llegar Yany y todavía no he puesto la mesa! –refunfuñé mientras colocaba con manos temblorosas, dos pequeñas tacitas con sus platos, las servilletas que bordó Yany con apenas cinco años, y un platito relleno de galletas de manzana, adornadas con fresas y moras, como a Yany le gustaba.
-Cada tarde viene a las cinco...pero hoy se retrasa- canturreé distraída, mientras repasaba la mesa para que no faltara nada- ¿Mamá, has preparado el chocolate?
-Si, cariño- le oí decir desde la cocina.
-Hola Yany, hoy te has retrasado. ¿Que traes? ¿Flores para mi madre? ¡Qué bonitas! voy a ponerlas en un jarrón. Después de comer, tenemos que llevar una tarta de frambuesa a doña Elena que hoy está malita. ¡No pongas esa cara!, ya sé que no te gusta ir a verla. Es muy gruñona, lo sé, pero ya sabes que la pobre perdió a su hijo y se quedó sola. Nunca me quiso contar como murió, pero cuando lo recuerda, siempre dice lo mismo:
-¡No tendría que haber estado en esa estúpida guerra al otro lado del Atlántico! –dije intentando imitar su voz.
-Y claro, yo creo que eso de la guerra tiene que ser de mucho cuidado. Tú y yo nunca iremos allí de visita, por si acaso. Lo peor de todo es que vive en esa casa destartalada y con tantas habitaciones vacías... Yany, si no fuera por nosotras, ¿que crees que hubiera sido de ella?
-Lorena, la tarta está en la cocina y cuando te vayas, cierra bien la puerta. -dijo mi madre a modo de despedida. Tenía prisa, porque se marchaba con mi padre a dar una vuelta, y eso, no ocurría todos los días.
-¡Mamá, que ya no soy una niña! – grité por si me oía, mientras recordaba que la semana anterior había festejado mi séptimo cumpleaños, con mi querida amiga.
-Yany, ¿te acuerdas del cumple tan divertido que tuvimos? ¡Comimos rosquitos de almendras con polvos de estrellas, caramelos de violetas y limonada de hierbabuena...! Y los elfos vinieron a cantarnos escondidos entre las flores de la mesa. –Suspiré, y luego miré a mi amiga algo molesta.- ¡Tú, siempre tan callada! –Volví a suspirar, y esta vez, la miré con benevolencia- Bueno...ya se, que te hiciste daño en la lengua...que no tengo corazón y que siempre estoy protestando. Pero no me importa que no hables, y todavía mantengo la promesa que te hice, cuando nos escondimos en la vieja cabaña de doña Eulalia:
-¡Amigas para siempre! -gritamos al unísono para que las estrellas nos oyeran.
-¿Qué te parece si le damos una sorpresa a doña Elena y nos llevamos unas cuantas bengalas para ponérselas en la tarta? Siempre que le hago algo especial, dice que llora de felicidad...y eso... no se si es bueno o malo. –entre palabra y palabra, iba tirando un bocado a las galletas, y sorbía el cacao de forma ruidosa porque sabía que a Yany no le gustaba, y siempre protestaba algo inquieta.
-Ah, recuérdame cuando lleguemos a la granja de doña Catalina, que demos de comer a las gallinas. Se lo tuve que prometer, para que se fuera tranquila a vender huevos a la ciudad. Y al pasar por la casa de doña Francisca, tengo que llevarme unos dulces exquisitos que elabora con sus propias manos, y entregárselos a doña Florinda, que se los encargó para navidad.
Como cada tarde, dejé unas galletas esparcidas en la mesa, y chocolate en el fondo de las tazas. Salimos corriendo divertidas, y despacio, nos asomamos por la ventana desde fuera. Al instante aparecieron, como por arte de magia: Valentino, Rodolfo y Josefina. Primero, miraron hacia nosotras desde el filo de la mesa con las patitas levantadas, y luego, con sus finas naricillas mojadas, olfatearon golosos el festín que les esperaba.
Antes, eran flacos y sus colas parecían muy largas, ahora, estaban gorditos, y sus espesos pelos brillantes eran más bonitos que un cuello de chaqueta que tenía mi madre.
Nuestras risas alocadas, animaban a los pajarillos que nos miraban desde las ramas, y cantaban los ruiseñores como si allí no pasara nada.
-Salir con la tarta dentro de esta canasta, me recuerda el cuento de Caperucita. Menos mal que no hay ningún lobo malvado que nos espere en el camino, pero claro... me sobran abuelitas –volví a reír y mi risa cantarina contagió a Yany, y eso me gustó. Desde hacía un año, y después del accidente, mi querida amiga parecía estar siempre triste y algo despistada.
-¡Hola, doña Elena!
-Hola Lorena... ¿que traes ahí?
-Una jarrita de miel fresca –mentí- voy a llevarla a la cocina –en cuanto entré, le puse las bengalas y al encenderlas, vi como el rostro de Yany se coloreaba.
-¡Sorpresa! –grité entusiasmada mientras volvía al salón.
-Lorena...hija mía, siempre haces que llore.
-Y yo siempre me pregunto ¿eso será bueno, o malo?
-¡Qué graciosa eres, mi niña! claro que es bueno, cariño. Porque de tanta felicidad me haces llorar... –me miró un instante y luego me preguntó muy bajo- ¿Hoy, ha venido Yany?
-Claro, aquí está –señalé
-¿Cuando la vas a dejar marchar?
-¿Para qué?
-Para que puedas olvidarte de ella y seguir con tu vida.
-No puedo –miré hacia el suelo- le prometí que seríamos amigas para siempre –levanté mi cabeza con orgullo y dije- y lo seremos
-Eso no es bueno, mi niña... Ella murió una semana después que mi hijo en un accidente de bicicleta.
-Ya lo se, doña Elena...yo iba delante de ella...-hablé algo penosa, luego suspiré, y mirándola algo más contenta, continué con mi relato- El médico le dijo a mi madre que me dejara ejercitar la fantasía, y que con eso, no hacía mal a nadie. Ahora, cuando juego con ella, aunque sea mentira, se me llena el corazón de alegría, y a veces, hasta creo notar su presencia...
-Si eso es así, entonces, parte el pastel en pedacitos: uno para ti, otro para mí, otro para Yany y otro... para mi hijo.
-Ya voy-dije presurosa sabiendo que doña Elena, al fin, había aprendido a jugar conmigo.