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La vida es la ironía más grande del mundo. Te pasas toda la vida viviendo, y al final te mueres. ¿Para qué? Se preguntarán muchos. Estos son los que comprenden la naturaleza irónica de la vida. Son gente que entiende el sentimiento tan sarcástico de una madre que defiende a su hijo del cargo de genocidio alegando ante el juez que perdone a su hijo, pero que el niño ha cogido la fea costumbre de organizar asesinatos en masa. Son gente a las que si les preguntas qué ocurriría si te tiras desde un décimo piso, probablemente te diría “prueba, y así me lo cuentas”. Gente, como diría yo, triste y siniestra narradora de esta historia, gente que viven la vida sin darle a las cosas toda la importancia que se debiera. Gente como Manolo, protagonista y galán de esta historia llena de amor, toros, aceitunas y viajes. Pues bien, estaba nuestro tradicional protagonista empapándose de esa fiesta de sentimiento tan arraigado en las entrañas de la sociedad española, como es la fiesta de los Toros, cuando de repente una muchacha le pide un pañuelo. Nuestro Manolo, maravillado ante la belleza gitana de la singular muchacha, le dio lo primero que pilló: un clínex. La muchacha cogió el clínex con una cara digna de fotografiar y lo agitó pidiendo la oreja para el torero, mientras Manolo, sentado, la observaba maravillado. Tras el triunfo del torero, nuestro osado protagonista se disponía a decirle algo a la joven que le había robado el corazón, pero en ese momento, lógico además, toda la gente se levantó y lo separó de su amada. Frustrado, herida su sensibilidad por el terrible espectáculo de los Toros, Manolo iba reflexionando de camino a su casa: En estas reflexiones iba Manolo cuando una parte de su cerebro que hasta ahora había estado dormida, despertó. Ésta tiene la facultad de hacer ver las cosas de forma diferente a aquellos que se les despierta. Digamos que se toman la vida un poquito más a risa. - No sé de qué me quejo.- se dijo para sí nuestro Manolo.- Conozco a una chica en los Toros y la sociedad me separa de ella. En realidad, perder su pista es lo mejor que me podría haber pasado. Porque si la conocí en una corrida de Toros, eso quiere decir que tarde o temprano me pondría los cuernos, entonces yo, furioso contra el cabrón que me los puso, lo mataría. Entonces la sociedad no comprendería las ansias de venganza de un carnudo y me meterían en la cárcel, separándome de esta forma de ella. No, no merece la pena. En estas reflexiones andaba nuestro filosófico Manolo cuando entró en casa. La estampa que encontró cuando llegó era la de una típica y honrada familia del campo andaluz. En la mesa, a punto de cenar, estaban sentados sus hermanos Paco y Pepe. Paco y Pepe eran menores que Manolo; Manolo tenía 20, Paco 18 y Pepe 16. También estaban allí Papá y Mamá. Los nombres de Papá y Mamá los desconocemos, ya que como Manolo los llama Papá y Mamá piensa que se llaman así e ignora que puedan tener nombres propios. Se sentó a la mesa, triste y dolido, y les contó a los suyos lo ocurrido en los toros esperando algún consuelo: - Los toros cumplen una función social muy importante: recordar al hombre que la vida es un torero que intenta matarte y nosotros somos toros, que al intentar defenderse, parecen que hacen algo malo. Al final el torero siempre te mata.- le dijo su padre. Tras decir esto se fue a la cama, orgulloso y feliz de haber cumplido su función de padre. Ni que decir tiene que era un gran aficionado a los toros. - El amor es como el contrato social de Rousseau, que dice que la parte contratante de la primera parte será la parte de la primera parte.- le dijo su hermano Paco. Estudiante de Filosofía, cinéfilo y con tendencia a enredar las cosas. - Las tías no son de fiar, ¿cómo puede uno fiarse de un bicho que sangra durante cuatro días y no se muere?- este era Pepe. Adolescente demasiado hormonado, fantasma y universalmente rechazado por el sexo femenino. Ante la avalancha de buenos consejos que estaba escuchando, no sabía qué hacer. Así que nuestro entusiasta Manolo esperaba con ansias el consejo de Mamá, seguro de que ella le diría lo apropiado: - Cuando te encuentres ante varios caminos, y no sepas cuál elegir, siéntate y aguarda. Respira hondo, tranquilo y confiado como lo hiciste la primera vez que llegaste a este mundo. Aguarda y aguarda aún más, entonces oirás el latido de tu corazón. Escúchalo, y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve. Una lágrima asomó en los ojos marrones de nuestro Manolo ante las hermosas palabras de Mamá. Ya la tenía por la heredera de Emily Dickinson cuando descubrió que lo que le había dicho era el final del último libro que se había leído, “Donde el Corazón te lleve”, de Susana Tamaro. Optó por hacerle caso a Mamá. Se sentó, respiró hondo, tranquilo y confiado, esperando oír a su corazón. - Síguela.- oyó decir al compás de una rumba. Se quedó parado, asustado, pensando que aquel corazón no era el suyo ya que a él no le gustaba el flamenco. Volvió a poner la oreja, y oyó lo mismo, sólo que esta vez distinguió un fondo de palmas y cajas. - ¡De acuerdo! La seguiré.- se dijo para sus adentros nuestro decidido Manolo. Lo primero que hizo fue pensar dónde la podría encontrar. Pensó que como a la muchacha le gustaban los toros quizá, tarde o temprano, iría a dar una vuelta por la plaza de abastos, lugar que se caracteriza por su marcado ambiente taurino. Se fue allí y pidió trabajo en una de las numerosas carnicerías que allí había. Tras mucho pedir y rogar lo consiguió. Un amigo de su padre lo contrató de ayudante. Su trabajo consistía en desmenuzar al mínimo las piezas de los toros que traían del matadero. Para colmo de males, esta carnicería estaba justo al lado de un puesto de aceitunas. Nuestro enigmático protagonista tenía un secreto que tan solo él, y nada más que él conocía: le tenía fobia, pánico a las aceitunas. Un sudor frío le recorría el cuerpo cada vez que pensaba en esas inertes, frías, escurridizas y diabólicas criaturas. En la más tierna infancia de nuestro aventurero Manolo, éste tenía un gato llamado Enrique Luis. Pues bien, un día estaba Manolo con Enrique Luis en su casa cuando de repente el gato salió corriendo y se metió en los olivares del tío Juanillo. El motivo por el que el gato huía tan desesperadamente es un dato que desconocemos, ya que Manolo siempre lo omite en el relato interno de la historia. Manolo salió corriendo detrás del gato que se había metido en un cesto de aceitunas. Se asomó y se agachó para intentar cazar al huidizo animal cuando de forma inesperada éste pegó un salto apoyándose en la espalda de Manolo, saliendo, y empujando así a Manolo al interior del enorme cesto, cerrándose la tapa y, por ley de inercia, echando a rodar campo a través. Demasiado pequeño para poder salir de aquel enorme cesto lleno de aceitunas, allí estuvo atrapado dos días. Cuando al fin lo encontraron, Manolo hablaba de una sociedad secreta formadas por aceitunas que conspiraban para controlar el mundo a través de las tapas de los bares. Sólo tenía 8 años. Manolo, a pesar de estar todo el día descuartizando toros, no perdía ni la sensibilidad ni la esperanza, eso sí, siempre con un ojo puesto en el puesto de al lado, según él, sede de una banda terrorista formada por aceitunas. Pero el Destino es generoso, y siempre termina por recompensar a los que sufren y se sacrifican. Como un espejismo, la misteriosa muchacha pasó por delante del puesto de Manolo. Éste, como si hubiera sido hipnotizado fulminantemente, salió del puesto dejando a la clientela con dos palmos de narices. Atravesó todo el bullicio de la plaza, cruzó calles llenas de obras, se enfrentó a yonkis, turistas despistados y de propina se llevó la maldición alguna gitana. Todo eso hizo Manolo sin darse cuenta del tiempo y la distancia transcurridos. Él tan sólo quería saber hacia dónde se dirigía su amada. - ¡Mierda!- pensó.- La estación de tren. No desesperó. Esperó a saber en qué tren se montaba. AVE con destino Madrid. Se fue de allí, dudando de todo. En ese momento el consejo de Mamá volvió a su cabeza. Escuchó a su corazón: - Síguela.- escuchó al compás de una bulería. Volvió a quedarse dudando ante el insistente espíritu flamenco de su corazón. Pero optó otra vez por hacerle caso, la siguió. Volvió a la carnicería dispuesto a decirle al dueño que gracias por el trabajo, pero que lo dejaba. No hizo falta que dijera nada, nada más llegar supo por las caras de los clientes abandonados que estaba despedido. Sin trabajo, sin ilusiones, sin sueños, con varias maldiciones encima recogidas por el camino detrás de su amada, decidió irse. Madrid puede parecer una ciudad monstruosa para cualquier persona de un pueblo de no más de 5.000 habitantes y cuya visión de gran ciudad es Sevilla. Pero Manolo no era cualquier persona. Decidió irse detrás de su amada a Madrid, así que sin dudarlo se montó en un tren rumbo a aquella desconocida ciudad. Nuestro Manolo iba feliz, ilusionado, desprendía una alegría por su cara que no dejaba indiferente a nadie. Iba maravillado contemplando el paisaje y pensando lo bonito que sería tener una vespa y estar en Roma. Iba sonriendo a todo el mundo. Le daba igual la cara de pocos amigos que tenía el joven pijo que tenía sentado a su lado, pero aún así no pudo más y dijo: - Estoy enamorado. - Me alegro.- repuso el otro burlón. - Voy a Madrid a buscarla. - ¿Vacaciones? – preguntó el otro sin mayor interés. - No. Bueno, en realidad no sé si trabaja. - ¿Que no sabes si trabaja? – comentó mostrando ya mayor interés. - No. Tampoco sé si estudia . - Sabrás dónde vive, ¿no?, para visitarla.- - No. No sé dónde vive. Y ahora que lo pienso, no tengo sitio donde quedarme cuando llegue.- El chico ya no podía abrir más lo ojos de lo sorprendido que estaba, pero aún así se arriesgó y continuó indagando: - ¿Cómo la conociste? – cada vez más intrigado. - En los toros. – - En los toros. Supongo que comentando la faena.- picó amistoso. - No. Ni siquiera cruzamos una palabra.- - ¡A ver! ¿Sabes algo de ella? – el chico ya no cabía en sí de la sorpresa. - No. Bueno sí, que le gustan los toros… creo. Porque ahora que lo pienso pudo ir obligada o acompañando a alguien o la amenazaron o… - Pero vamos a ver… me estás diciendo que te vas a Madrid a buscar a una chica que no conoces, que no sabes donde trabaja o estudia, ni dónde vive y ni siquiera sabes si tiene novio. ¿Tú tienes idea de lo enorme que es Madrid? – - Cuando miras a alguien a los ojos y no te importa que esa persona te mire y vea todos tus… ¡no!, ¡nooooo! – El joven ya estaba preparando su corazón para oír las palabras de un tonto y loco enamorado cuando de repente Manolo salió corriendo del tren como alma que lleva el diablo y perdiéndose por la llanura manchega. Lo que había ocurrido es que un camión cargado de aceitunas había volcado en mitad de la vía, y claro, Manolo al ver tanta aceituna junta pensó que aquello era el pistoletazo de salida para el ataque. Lo que todavía sigue siendo un misterio para la policía es cómo un camión procedente de Jaén había volcado en la vía del AVE Sevilla-Madrid, a cientos de kilómetros de su ruta. Pero eso no es menester de este relato, sino de los interesantísimos y distraídos informes policiales. Manolo corría y corría como un poseído, hasta que se dio cuenta de que estaba perdido en mitad de la llanura manchega. Dándose cuenta de que ya no podía volver al tren, decidió encaminarse al pueblo más cercano antes de que cayera la noche. Iba por una carretera secundaria, desoladora, solitaria y amarilla, cuando de repente ve un gigantesco cartel en el que pone: “Colina de Cotillas, 5 km”. Por un momento Manolo pensó que ese era el pueblo de donde salían todos los periodistas del corazón, pero después pensó que eso era demasiado surrealista hasta para él. Si el pueblo se llamaba “Colina de Cotillas”, es que seguramente habría sido fundado por cotillas. Al cabo de tres horas llegó al pueblo. Eran las 7 de la tarde y aquello parecía un pueblo fantasma. No había ni un alma. De puro milagro, se encontró con un hombre. - Disculpe caballero, ¿dónde está la gente?- preguntó nuestro Manolo muy educado y cortés. - No lo sé. Vete tú a saber.- repuso el señor muy escéptico. - ¿Está usted solo en este pueblo?- - Eso parece. - ¡No me lo puedo creer, alguien habrá! Aparte de usted, digo.- - No se apure, joven. Sé que es frustrante llegar a un pueblo y encontrarse sólo un hombre mayor. ¿Qué vienes? ¿De turismo?- dijo feliz el misterioso hombre. Manolo no sabía si aquello era real o estaba bajo los efectos de alguna bebida psicotrópica. Pero la verdad es que en el pueblo no había señales de vida. Ni coches, ni basura, ni tiendas abiertas, ni bares abiertos… nada. Tan sólo aquel individuo paseando solo por las calles. - Oiga. ¿Usted sabe cómo puedo llegar hasta Madrid?- preguntó Manolo - Sí. Coja un coche y es esa carretera todo recto. Entras por la M-30. No te aconsejo que llegues a horas puntas: las 8, las 9, las 10, las 2 de la tarde, las 3 de la tarde, las 8 de la tarde y las 9 de la noche. Entre medias no tendrás demasiados problemas con las retenciones.- - Gracias por la indicación. Pero es que no tengo coche y no sé conducir.- dijo nuestro héroe un poco abatido. - No te preocupes. Yo te llevo. Me has caído simpático.- - ¡Gracias! Manolo se fió de aquel hombre con rostro bondadoso y no dudó de sus intenciones ni por un momento. En el mágico mundo de nuestro Manolo, todo el mundo era bueno y altruista. El coche del señor era un Mercedes Benz en color gris metalizado. Manolo, que no entendía de coches, no le hizo ninguna fiesta al modelito. Esto agradó aún más al hombre, que ya sentía una gran ternura por Manolo. - Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?- dijo el misterioso hombre. - Por supuesto, pregunte.- - ¿Cómo llegaste al pueblo? Yo he intentado buscarlo en los mapas y en la mayoría no viene localizado.- - Verás, en realidad iba para Madrid.- - ¿Andando?- repuso el hombre extrañado. - No. Iba en tren.- - ¿y…?- el hombre no entendía nada, y esperaba una explicación de Manolo. - Es una larga historia. Demasiado larga para contársela a un desconocido. No se moleste, por favor.- - ¡Por supuesto, faltaría más! Tú decides qué hacer con tu vida, y yo no soy nadie para pedirte explicaciones.- pausa- ¿Para qué vas a Madrid?- Manolo ya empezaba a sospechar porqué el pueblo se llamaba “Colina de Cotillas”. - Verás, me he enamorado.- dijo feliz. - ¡Ah! Comprendo.- dijo casi riendo. Anochecía cuando llegaron a Madrid. Manolo se apeó del coche. La verdad es que a él la ciudad no le impresionaba. Los rascacielos (al menos para él lo eran), las enormes obras por donde irían las nuevas vías del metro, los restos quemados del edificio Windsor, las espectaculares avenidas llenas de coches, los escaparates de las más lujosas firmas de ropa… Nada de todo aquello impresionó a Manolo. Eso gustó aún más al caballero que lo había traído. - Bueno. Ya estamos en Madrid. Y ahora… ¿adónde vas?- volvió a preguntar el hombre. - Pues no lo sé. No tengo ni idea. - - Bueno chico. Yo me voy, que si no me saquean el pueblo. - Gracias señor. Ha sido usted muy amable. Por cierto, ¿cómo se llama? - Eso no tiene importancia Manolo. Mucha suerte. El hombre se fue riendo dejando a Manolo sólo en plena Castellana. Se quedó mirando cómo se alejaba y calló en una cosa: - Si yo no le he dicho mi nombre… ¿cómo sabe que me llamo Manolo?- se preguntó nuestro avispado protagonista. Se fue con esa duda corroyéndole las entrañas en busca de algún lugar donde dormir. El destino es de naturaleza caprichosa. Otra vez, como en un espejismo, volvió a ver a la hermosa muchacha
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