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Alba MartínezLa puerta llevaba cerrada más de tres horas y el ambiente hacia mucho que era asfixiante. Ya se había hecho de noche, porque la poca luz que antes iluminaba parte de la habitación ya no penetraba por ninguna de las rendijas entre los barrotes de la ventana.Hacia calor, sudaba, tenía sed y sin embargo, no tenía hambre, el estómago habia formado una especie de tapón, pero aquello no era lo peor que le pasaba. Aun le atormentaban sus pensamientos. Legaban como relampagos y se iban con muchísimo esfuerzo.No podia evadirse de la situación porque ya no sabía si era peor lo que había dentro de su cabeza o lo de fuera. El camisón estaba húmedo y pegado a su piel, se sentía sucia por dentro y por fuera, y esto le hacía tener ganas de quitarse la piel a tiras para ver si eso podía hacerle librarse de todo su dolor y de todo lo que le pesaba. - ¡Marchate! ¡Ya está! ¡No quiero más! ¡Basta!¡Basta!¡Basta! Las venas del cuello se le hincharon, gritó y siguió gritando cada vez más fuerte, con más rabia, hasta que empezó a cansarse y la potencia de sus gritos disminuyó hasta que por fin, exhausta, se dejó caer al suelo y se tumbó en el y con la mirada perdida se quedó jadeando durante mucho tiempo. Entonces fue cuando comenzó a confundir sus sentidos y a sentir como cada segundo que transcurría la traspasaba, la inundaba y le recorría cada parte de su cuerpo. Pasaba primero a través de su piel, y poco a poco iba llegando a los musculos, a los huesos y hasta sus mismisimas entrañas hasta que la poseía y luego se escapaba. Así estuvo largo rato, tanto, que ni siquiera ella podía saber cuanto tiempo era, porque el tiempo es relativo e influido por los factores y las circunstancias de cada situación, y en aquella ocasión había percibido cada segundo de una manera tan intensa que, quizás deseando que el tiempo transcurriese rápido parta que sanase sus heridas intentaba sentirlo como si fuera más extenso y que pareciera que lo que había vivido con anterioridad estuviera mucho más lejano de lo que realmente estaba. La última época de su vida la había vivido sin quererlo. No quiso sentirla, ni percibirla, ni ser consciente de ella, porque lo que ocurría en ella era tan doloroso que había creado a su alrededor una burbuja translúcida que le hacía no darse cuenta delo que sucedía, hasta que la situación la agarró, la abofeteó y la zarandeó y no tuvo más remedio que reaccionar a ello. Por eso estaba así y sufría, lloraba y gritaba constantemente. Estaba siendo torturada desde dentro de ella misma. Sabía que estaba a salvo, que ya no volvería a pasar pero podría ocurrir que su desgracia aun no hubiese terminado y que lo que sentía no era más que la milésima parte de lo que le esperaba. Esto le causó tal conmoción que al pensarlo volvió a sentir miedo y sintió como si el corazón se le subiera a la garganta y no pudiera respirar. Lo hacía con dificultad, muy rápido y con mucha ansiedad, y mientras hacía esto miraba absorta y nerviosa a cada parte de la habitación como si intentara encontrar una especie de salida hacia esa vida feliz que hacía tiempo había tenido y que durante una época había rozado con los dedos pero se le había escapado. Volvía a sentirse desgraciada pero ya no quería gritar, estaba demasiado cansada. Intentó incorporarse pero cuando llegó a hacerlo y dio un paso cayó y volvió al suelo. Estaba débil, llevaba días sin comer y el camisón cada vez le quedaba más amplio. Al caer sus rodillas se clavaron en el suelo, sonando fuertemente el choque de sus huesos con la losa. Esto le hizo sentirse a sí misma y a su propio cuerpo, le recordó que estaba viva a pesar de llevar días como alma en pena, e intentó sentir su propio calor humano, porque ya no tenía nadie que se lo diera, ahora estaba sola y solo se tenía a sí misma. Rodeó su propia cintura con sus brazos, como si se abrazara a sí misma, y aun arrodillada agachó la cabeza y cerró los ojos, meneando su cuerpo de atrás a adelante. Al cabo de unos segundos paró, levantó la cabeza y miró hacia la puerta que estaba frente a ella. No sabía cuando se abriría ni quien entraría por ella, y en aquel momento tuvo el sentimiento ambiguo de necesitar a alguien y de querer estar sola. Esto le causó una pequeña disputa interior, hasta que se dio cuenta de que no podía decidir sobre su situación sino que otros lo harían por ella, así que a pesar de todo decidió que solo ella misma no podía defraudarse y que era preferible el daño que se infligía al que le hacían los demás. Nadie era fiable, absolutamente nadie, todos guardan esa capacidad de herir que utilizan cuando alguien se siente indefenso, y ella sabía que lo estaba, demasiado bien que lo sabía. Esta nueva bocanada de seguridad que se había regalado le bastó para tomar una bocanada de aire y levantarse para acurrucarse en una esquina, con la ventana justo encima de ella y ligeramente hacia la derecha y la puerta frente a esta. Encogió sus piernas, las rodeó con los brazos y apoyó la cabeza sobre las rodillas. Se quedó dormida mirando la tenue luz nocturna que se aventuraba a hacerle compañía a través de los barrotes de la pequeña ventana.
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