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Con un lleno completo el saxofonista Kenny Garrett dió un concierto arrebatador que hizo olvidar que estábamos en un domingo por la noche, día y hora poco dados a la asistencia de espectáculos. Sin embargo la sombra de este músico es alargada y más tras sus dos pases por ediciones anteriores del festival Jazz en la Costa en las que no dejó crecer la hierba; sobretodo la última, una larga velada de casi tres horas a ritmos electrizantes que acabaron a las puertas del hip hop. Un concierto de los que crean afición.

Garrett es, sin duda, uno de los fenómenos sueltos que andan por el jazz actual aunque no haya obtenido el reconocimiento que merece masivamente. Pero pasar de ser un músico de culto a uno masivo depende tan sólo de más incontestables conciertos como el que dió anoche en Granada.

De sonido visceral y de un estereotipado lirismo en sus composiciones, su música se entrelaza con los ritmos urbanos -funk, hip hop, y hasta cierto toque smooth con un discurso versátil y libre que se refleja en sus colaboraciones con la Orquesta Sinfónica de Nueva Jersey, con el hip hop de Gurú, el rock de Sting, Peter Gabriel o el jazz de Woody Shaw, Fredie Hubbard y Art Blakey, entre otros muchos.

Su concierto del domingo puede que fuese predecible y perdiera algo de capacidad de sorpresa, pero en absoluto de punta y electricidad. Dividió su set en tres tiempos: tormenta, calma y explosión final. Aunque este saxofonista alto ha pasado por algunas fases revisionistas en la actualidad mira más al futuro que al pasado y bastante hacia el oriente, coordenadas que han dirigido su último disco ‘Beyond the wall’ fascinado por las culturas chinas. Precisamente con el tema homónimo del CD entró en tromba en el Isabel , dando mucho espacio a su compañeros, sobre todo al baterista Grez Hutchinson, y tirando del grupo hacia arriba con el alto, que por registro en el debiera denominarse ‘altísimo’ . Se reservó el soprano para hacer como suele un remanso de exquisitez y belleza mínima a dúo con el pianista venezolano Benito González sobre la primer aparte de sus ‘Asian Medeley’, antes de soltar amarras y tras un paseo en clave de funk y blues llegar a su célebre ‘Happy people’, pieza jugosa que a caballo de un riff muy contagioso utiliza siempre al final para que le público termine haciendo jubilosamente coros y palmas. Como suele ser habitual entre los que fueran cachorros de Miles Davis, no hizo ningún bis.

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