|   Volver a la Portada   |   Añadir a Favoritos   |   Elegir como Página de inicio   |   Mapa de la web   










In this land of strangers
There are dangers
There are sorrows
PIXIES

A es el joven director de una lucrativa sucursal financiera. B usa una talla menos de vaqueros. A y B están casados y aún se siguen fascinando, como arquitectos trabajan por el amor y decoran su hogar. En esta historia la tarde es apacible y rúbea, una delgada plancha de luz engrandece el salón. Ambos descansan abrazados en el sofá esperando la hora en que volverán a sus empleos; sus horarios coinciden, incluso las fechas de vacaciones, por lo que llevan una vida dulcemente coordinada hacia la perfección. L, que es la mejor amiga de B, recuerda ésta, siempre dice que forman un matrimonio admirable, se complementan excepcionalmente bien, dice, dejando entrever una minúscula aunque también afilada envidia, y todo el mundo sabe que la envidia no es sana. B siempre ha sido muy cuidadosa con la rivalidad crónica de L y, no sin cierta timidez y un ligero aire de superioridad, opina que es una gata en celo, aunque sean amigas.

A no se siente atraído por L pero le gusta que ella se sienta atraída hacia él. Es más, fantasea con ser la fuente del deseo de L; fanfarronea con sus compañeros, se acicala sutilmente cuando reciben su visita y se place con unas erecciones que B se siente obligada a saciar con las posturas más indecorosas que ella conoce. B detesta el sexo urgente y abandonado que mantiene con su marido desde los últimos tiempos pero sabe que es el único método posible para prevenir la inminente infidelidad a manos ––y podría ser también en boca, piensa B–– de su amiga o de cualquier otra salvaje, aunque en realidad, garantiza, se siente plenamente segura de la lealtad de su marido, confianza que palpa y mima sobre el confortable sofá de su living.

Cuando el reloj marca las cinco, A y B huyen de su abrazo cálido hacia sus respectivos trabajos. Coinciden en el baño; ella maquillándose, él empapando de perfume el almidón de su camisa. Por un momento A se queda observando fijamente la operación de B, delicada e impecable ejecución, de pintarse los labios. B se sentirá tan sensual y elevada que le desdeña cuando éste va a tomarla de la cintura para besarse. Ahora no, dice B. Sólo pretendía besar a mi mujer, reprocha A. Ya, añade B. Llegaré tarde si no salgo ahora, dice A, y roza destemplado la mejilla de B mientras se ajusta la americana para salir. Espera, susurrará B entre dientes demasiado tarde. Cuando escucha cerrarse la puerta tras él añade: te quiero.

Las horas se suceden lentamente para B problematizando con las dudas. La brusca reacción de A la inquieta. ¿Es por L? ¿Telefoneó alguna vez a A? ¿Quizás al revés? Tal vez pidiéndole sugerencias para algún regalo de aniversario, poco más. Pero ¿y si no fuera así? ¿Acaso se gustan? ¿Se vieron en alguna ocasión sin ella de por medio? Ahora que lo piensa, L viste últimamente conjuntos de lo más elegantes, del gusto de A curiosamente, pero su amiga no le ha dicho dónde los compró o quién se los regala y, por lo general, L no tuvo nunca secretos para B, ni siquiera los más íntimos. ¿Cómo perdonarlos si acaeciese la fatalidad? ¿Qué papel tiene realmente L en la vida de A? ¿Qué puesto piensa ocupar? ¿Se trata de su ambición o de su promiscuidad? ¿Es su lascivia irresistible para los hombres o es que el matrimonio está aplastando a A? ¿Hay algo en ella que ha dejado de gustarle? ¿Quizás perdió ella la habilidad de excitar intensamente a A? Pasados unos minutos B no puede soportar más la mortificación y se concentra en imaginar las quinientas piezas de alta costura que está subrayando en un albarán. Estúpidos sueños adolescentes; no es necesario degradarse de esa manera, seguro que no hay nada más entre ellos que mera coquetería, algo incluso sano para un joven matrimonio, se dice. Pero la muy zorra no se cogerá a mi marido, eso seguro.

Cuando llega la noche, después de que A la haya recogido en coche para ir a comprar juntos algo de comida, B ha disipado ya las malas lenguas de su inquietud. Tras una deliciosa y locuaz cena, el bistec a la pimienta que ambos han engullido abre un afluente de anécdotas y planes que B conduce satisfecha de un lado a otro de la habitación. A, que fuma un cigarrillo con los codos apoyados sobre la mesa, sigue con atención los bailes optimistas de B. Tras aplastar la colilla, B envía a A al salón mientras ella prepara la cafetera, silba desenvuelta una canción e introduce los platos en el lavavajillas. En el sofá, A mira distraídamente la televisión, de vez en cuando abre una revista y la cierra después, asoma la cabeza para ver lo que hace su mujer y, finalmente, la llama con insistencia. Deja lo que estés haciendo y ven aquí, dice A. B aparece ante él desnuda con un delantal.

En el dormitorio escenas de sexo, sudor, gritos y esposas.

En este instante de la noche, sobre la cama junto a A todavía jadeante, el forcejeo de los celos se desata en B como un armisticio. ¿Qué opinas de L?, le pregunta de repente. Joder, B, dice A, ¿por qué se te ocurre pensar en eso ahora? Respóndeme, exige B. Es presumida e impertinente, dice él. Lo dices para contentarme, te conozco, dice ella, me ocultas algo. No puedo creerlo, dice A, ¿va en serio esto? ¿Aún me quieres?, dice B. A saca del cajón de la mesita un cigarrillo y lo enciende ¿adónde quieres llegar?, le dice sacando el humo por su boca. B sale de la cama para vestirse con una fina bata hindú de encaje, regalo de cumpleaños de A. Sabes que no me gusta que fumes aquí, le grita. Acabemos de una vez con esto, dice A resuelto. ¿Qué quieres saber? ¿Si me lo hago con ella? Pues no. Ella te excita, no lo niegues, te he visto, apunta B. Por dios, B, no me tiro a L, ¿entiendes? No tengo nada con ella. Lo sabes, no sé por qué diablos me machacas con eso, dice A. B, gimoteando desnuda bajo la seda, se dirige al baño. A llama a la puerta; cariño, sal, le dice. Vete con tu puta, solloza B desde el otro lado, y no vuelvas más. Al cabo de unos minutos escucha un portazo y comprueba que A ya no está allí.

Comienza el infierno. B se siente palidecer y se restriega en la pared dejándose caer al suelo. Levanta las rodillas. ¿Qué ha pasado?, se pregunta. Si me amara estaría conmigo pidiéndome el cielo. Está con ella, lo sé, dice. Lo sé, y arranca a llorar. Se recoge el vientre con los brazos. En la habitación no hay oxígeno suficiente para quemar la angustia que la hace retorcerse. Apoya la frente en sus piernas, esconde la cabeza y grita con todas sus fuerzas. Tiene la nariz bañada de lágrimas. Siente que le estallará la cabeza de un momento a otro. Con el cuello hinchado pega su nuca a la pared. Mira al vacío. Hija de puta, susurra con el odio en la mirada y apretando los dientes. Hija de puta, repite. Cierra los puños y se incorpora. En el espejo del baño parece un animal apaleado, el pelo pegado a su mandíbula. Abre el grifo y se lava la cara, toma un par de Xanax, se pinta los ojos y corre a vestirse; blusa estrecha, negra, furia, vaqueros y unas botas. Coge las llaves del coche y sale sin cerrar.

B conduce a casa de L y con urgencia llama a la puerta de su apartamento. ¿B?, dice L, ¿qué ocurre, cariño? Sé que está aquí, dice B. ¿Quién?, dice L. B aparta a su amiga de un revés y cierra la puerta. No me asustes; qué está pasando, dice L. ¡Cállate, zorra! Examina todas las habitaciones, corre de un lado a otro, abre los armarios. L, de pie, permanece quieta y encogida. B se dirige hacia ella y con la cara pegada a la suya le escupe duramente. ¡Dónde está mi marido, puta! B, qué te ocurre, por qué estás así, dice L limpiándose con la mano. B se vuelve y desaparece de la habitación. L corre a recoger el teléfono móvil del bolso. Revuelve en su interior sin lograr alcanzarlo. Vuelca el bolso y lanza al suelo todo lo que contiene, las manos le tiemblan. Cuando se agacha siente un golpe frío, delgado y penetrante en el costado y cae al suelo. Tras un breve lapso de tiempo que le parece interminable, consigue abrir los ojos lo suficiente para ver el pie de B apuntando ahora contra su cara. Sobre la moqueta escupe una masa viscosa de sangre y saliva. El siguiente golpe sumerge a L definitivamente en un sueño profundo. Los gritos se han detenido.

B deja caer un cortaplumas empapado de sangre y filamentos sobre la moqueta y por un momento cree que se ha quedado ciega. Estira las palmas de las manos. Solloza. Después mira a su alrededor. Recoge el cortaplumas y lo envuelve en una toalla. Mierda, dice. Acto seguido sale todo lo deprisa que puede. Toma el coche. Observa que hay rastros de sangre en su rodilla cuando suena el teléfono. Es A. B duda pero acepta la llamada. ¿Dónde estás cariño?, dice A. Mierda, dice B. ¿Qué ocurre, dónde estás?, insiste A. Mierda, repite B con más fuerza. Dime dónde estás y voy a por ti, mi vida, apremia A. ¡Jódete, maldito cabrón! ¡Putero! B cuelga.

Asciende a la realidad. Cruza un semáforo. Otro. Los destellos de luz sobre el parabrisas le parecen barrotes. Se detiene junto al río, cierra la puerta del coche y lanza el cortaplumas al agua. El frío la hace temblar. Mierda, dice otra vez, y vuelve a la carretera. Pone música. Grita. Después se echa a reír. En qué lío me he metido, dice. Joder, dice. Aúlla. Sube una marcha más y corre hacia casa.

Cuando llega, todo indica que A sigue fuera y no hay nadie. B busca en el escritorio la libreta del banco. Está decidida a escaparse de todo. Se detiene y piensa. Cambia de pantalones y mete los vaqueros en una bolsa para la basura. Encuentra dos cartillas y las deja en su bolso. Se maquilla. No queda más tiempo. Qué más falta, dice. Qué más, repite. Entra en el dormitorio, se apoya en el quicio de la puerta y lo repasa todo con la mirada intentando recordar el último detalle que complete su resplandeciente fuga. ¿Adónde vas, B?, escucha decir a A detrás de ella. Se vuelve. Ahí está A con el rostro partido, los ojos agotados, taciturno. Camina hacia B. ¿Por qué?, le dice. ¿Es que vas a dejarme así, sin una nota siquiera? B retrocede. No te acerques a mí, gusano, advierte. A sigue caminando hacia B. Le agarra la muñeca. B le abofetea. Ocurre un forcejeo y A retuerce los brazos de B detrás de su espalda. La inmoviliza y empuja su cuerpo contra la pared. Qué has hecho, mi amor, dice estoicamente mirándole los labios. Le agarra el mentón y la besa. Pasa la mano por sus pechos. Los pellizca. Baja la mano y acaricia su cintura. Después oprime con violencia los glúteos de B. Mete la mano dentro de sus pantalones y busca su sexo. B respira intensamente, casi con miedo. A muerde el cuello de B. Ella gime. A comienza a desvestirla. Ella abre su blusa. Él arranca el sujetador de B. B agarra la cabeza de A que gira alrededor de sus senos. B eleva sus rodillas y sopla cuando A se introduce en ella. Se balancean entre jadeos como perros. B alza la cabeza extasiada.

Todo lo que sigue es el espectáculo erótico de la pasión furiosa, miembros que se contorsionan y sexos que pugnan nerviosos, fluidos, resistencias fingidas para un juego de mordiscos hasta que, exhaustos, se tiran definitivamente sobre la cama. La habitación entera huele a sudor. A se enciende un cigarrillo. ¿Adónde pretendías ir sin mí?, pregunta. Pasea la mano perezosamente por las caderas de B. A, dice ella. Qué. He matado a L. ¿Qué?, dice A. He matado a L, repite B. Estás de broma, dice A. Fui a su casa, pensaba que estabas allí. A se lleva las manos a la cabeza; mierda, dice. Escúchame, dice B intentando apartarle los brazos. Mierda, mierda, mierda, repite A con la voz quebrada. No sabía lo que hacía, ¿entiendes? Estaba furiosa, exclama B. ¡Qué diablos has hecho, joder!, grita A. Pensaba que estabas con esa puta, entiendes, responde su mujer. Estás loca, dice A. Mierda. ¿Dónde está?, pregunta. La dejé allí mismo, en el suelo, responde B, luego lancé el arma en el puente. B se sienta entonces sobre A, separa las rodillas, se apoya con las manos en su pecho y le acaricia el vello. No hay pruebas, le dice B con ternura, lo limpié todo. Vayámonos de aquí unos días hasta que pase todo. Es tu amiga, ¿recuerdas?, le dice A. Querrán hablar contigo; nos buscarán. ¿Es que no te das cuenta? ¡Mierda, joder! Tranquilízate, cariño, dice B suavemente. Podemos hacerlo. Se inclina hacia la boca de A y se besan. A, aturdido, ase los muslos de B y la vuelca bajo su cuerpo. Recoge sus manos y las adelanta por encima de la cabeza. Cómo has podido hacerlo, susurra al tiempo que besa el cuello de B. Muerde sus labios, roza los contornos de su rostro con la lengua. B se excita, alarga la mano y ciñe el sexo de A. Lo acaricia. A abre las piernas de B y vuelve a introducirse en ella. Se mece cada vez más deprisa. B gime bajo el vaivén de A hasta que éste se detiene de golpe, resbala y acaba desplomándose en el suelo. Tiene los ojos abiertos. B chilla. Maldito hijo de puta, dice una L ensangrentada detrás de ellos. Me prometió que te dejaría, ¿sabes? ¡Qué has hecho, zorra!, grita B. ¡Qué coño has hecho! L se sostiene con la mano la herida que le hizo B, arquea el cuerpo y le escupe. No te mereces un hombre como A, le dice. Tú deberías estar en la perrera. B salta sobre ella. Ambas caen al suelo y ruedan. Los golpes son furiosos y B consigue asestar a L un rodillazo sobre la herida. Ésta se retuerce en el suelo, tose, escupe a los pies de B. B se ríe de ella. No juegues conmigo, mi vida, le dice y pisa su cabeza. El cráneo salpicado de L, aplastado contra el suelo bajo el pie de B, parece los restos de un animal atropellado. Voy a acabar contigo de una vez, zorra, dice B y vuelve a patearle en el costado. Los gritos de L son mayores. B retrocede la pierna y asesta otra patada en la cabeza de L. El cuerpo de ésta voltea y se queda bocabajo; parece inanimado, después emite sonidos indescifrables y se convulsiona como si no pudiera respirar, clava las uñas en el suelo e intenta arrastrarse lejos de B. B se agacha sobre ella y sujeta a L del pelo estirándole la frente hacia atrás: adónde vas, le dice. L tiene la cara ensangrentada, cortes y erupciones, despojos gelatinosos que le cuelgan de la boca en hilos que caen al suelo haciendo un charco. B se acerca a la oreja lívida de L: te dije que no jugaras conmigo, puta, le dice. Con el puño agarrándole un mechón, B hace estallar repetidamente en el suelo la cabeza de L. Los golpes suenan mojados. L no chilla, no se sacude, ya no tiene actividad alguna. B se pone en pie. La pierna de L comienza a temblar unos segundos y finalmente cede. L muere.

B va al baño. Vuelve al dormitorio secándose las manos en una toalla. Estúpida, grita al cadáver de L. Tira la toalla sobre su cuerpo exánime y corre a peinarse. Va al despacho de A y saca unos papeles que arruga y mete en el bolso. Recoge una maleta del armario y forma un pequeño equipaje. Mira la hora. Adiós, mi amor, dice a los ojos abiertos e inertes de A. Acto seguido cierra la puerta. Alcanza la acera. No debe perder más tiempo. Mira a su derecha y se avanza para cruzar. Por su izquierda un Ford se abalanza sobre ella, intenta frenar demasiado tarde y la embiste. B sale despedida por el aire y rueda sobre el suelo unos metros más. La ropa de su valija se esparce por toda la calzada. Se escuchan gritos en la calle, sirenas. La gente rodea el cuerpo magullado de B formando un círculo perfecto, silencioso y estremecido. Un par de pájaros sobrevuelan las cabezas de todos y desaparecen. Hay sangre y cristales en el asfalto. B se agita con el cuerpo retorcido entre los restos del accidente y aúlla sin escucharse la voz. No puede moverse. Respira aceleradamente y, finalmente, pierde el conocimiento.

En el hospital, su abogada le comunica sonriente que aceptan la eximente de defensa. Va a salvarse. Saldrá en unos meses a la calle y podrá seguir con su vida ¿No estás contenta?, le pregunta. B aparta la mirada. Está bien, ya veo que no quieres hablar ahora, volveré más tarde, le dice la abogada. Introduce unos papeles en el portafolios y sale de la habitación en penumbra. Una lágrima corre por la nariz de B. Le escuecen los ojos. Unas vendas cubren la fracción derecha de su rostro. El pavimento le quemó media cara y los médicos le hablan constantemente de someterse a una operación para reconstruirle los tejidos. No podrá volver a caminar nunca más, le han dicho, pero podrá conservar su fisonomía. Sin embargo B sólo desea una muerte rápida y sin contratiempos. Dejemos esta burla de una vez, pide. La vida no es seria.



Inicio     |   Bases del Certamen     |   Primeros trabajos recibidos     |   Relato ganador: Silver de Rubén Gimeno Tortosa     |   Entrrevista con Rubén Gimeno Tortosa     |   Nota aclaratora sobre el resultado del Certamen     |  




  |   Lexur   |   Aviso legal   |   Política de datos personales   |   Contactar