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Eran las 10:07. Le pareció raro que tardara tanto en llegar. La puntualidad era una de las cualidades que más admiraba en ella. Empezó a impacientarse. Agachaba la cabeza para mirar su libreta y, dos segundos después, la alzaba esperando que alguien entrara por la puerta. Se mordía las uñas y, a continuación, hacía lo mismo con el capuchón del bolígrafo. Luego lo sujetaba con su mano derecha y lo giraba con un rápido movimiento entre sus dedos corazón y pulgar. La mitad de la gente que conocía aprendió a hacer ese truco en el colegio o en el instituto. Cosas del aburrimiento.

Conocía aquella biblioteca como si fuera su casa. De hecho, pasaba allí más tiempo que en su habitación. Sabía dónde estaba cada sección, podía ubicar mentalmente a todos los estudiantes asiduos y reconocía la oscura tos de la bibliotecaria desde el otro lado de la sala. Allí se sentía cómodo. No tenía que hablar con nadie, incluso hacerlo estaba mal visto. El mutismo se premiaba, al contrario que en el mundo real.

Esos dos minutos se habían hecho eternos. Dibujó un leve reproche en su rostro cuando la vio aparecer por la puerta. Primero, procedió al análisis rutinario: pelo, ropa, complementos…se había recogido el pelo y llevaba las gafas en vez de las lentillas. Ahí empezaban las dudas sobre qué habría hecho la noche anterior. ¿Habría visto una película hasta muy tarde o leído uno de esos libros de Benedetti que tanto le gustaban? ¿Habría salido con alguien? Como era habitual, preguntas sin respuesta.

La ropa elegida para aquel jueves era de su agrado. Los vaqueros rotos (pero no demasiado), las zapatillas deportivas de marca y la sudadera color salmón con capucha. El frío parecía haberse alejado de Granada, dando paso a una de esas primaveras que se hacen mayores en tres semanas. El calor les invadiría en un abrir y cerrar de ojos.

La chica avanzó y saludó a un conocido que fingía estudiar mientras enviaba notitas a su compañera de al lado. Después se sentó donde siempre. En la mesa que estaba frente a la suya. Siguió con su revisión. Pendientes pequeños en forma de bolita negra y sus dos anillos de plata. Uno en cada mano, dedo corazón en la izquierda y anular en la derecha. Nada de maquillaje.

Ella le miró con una expresión que parecía decir “te conozco sólo de la biblioteca pero te voy a saludar”. Levantó un poco la barbilla y le dedicó una sonrisa. Ante aquella visión, se le resbaló el bolígrafo de las manos. Se inclinó para recogerlo y, con los nervios, se golpeó con la cabeza en la mesa. Joder. Siempre le pasaba lo mismo. Ella volvió a sonreír ante la escena y sacó sus apuntes para empezar a estudiar.

Lo suyo por esa chica era obsesión y rayaba los límites de la simple locura. Una vez, se había atrevido a seguirla fuera de la biblioteca, más allá de ese refugio donde se sentía como en casa, pero su valentía no duró mucho. Ella se paró a esperar al autobús y él pasó de largo y siguió caminando como si nada. Se sentía incapaz de acercarse, de romper esa invisible barrera que parecía separarlos. Sabía de sobra que su reacción no iba a ser de rechazo. Aún así, un profundo temor se apoderaba de él cada vez que tenía la oportunidad de hablar con ella. Como aquella tarde, el mes anterior, cuando se le cayó un libro a su lado (¿lo habría dejado caer al suelo a propósito?) y él se agachó inmediatamente a recogerlo. Ella le dio las gracias pero él fue incapaz de pronunciar la más mínima palabra. Hizo un gesto, bajó la cabeza y se ruborizó mientras su musa se alejaba lentamente, cercana y, al mismo tiempo, inalcanzable.

Con el tiempo, había ido descubriendo detalles de su vida que, aunque insignificantes para cualquier mortal, suponían para él grandes conquistas. Sabía qué perfumes usaba: uno en invierno y otro, con un toque de limón, cuando se acercaba el verano. Sabía que era diestra, que le gustaba llevar las uñas muy cortas y que tenía una pequeña cicatriz en el brazo. Sabía que no fumaba, que estudiaba Ciencias Políticas y que su locura por ella era absurda. Aún así, no podía controlarlo y tampoco se avergonzaba de ello.

Poco importaba en aquel instante todo lo anterior. Señalaría esa fecha en su agenda y en todos los calendarios porque había tomado una decisión. Aún no sabía cómo ni con qué pretexto pero intentaría hablar con ella. La noche anterior le dio mil vueltas a la cabeza. Dudaba entre ser natural y decirle lo primero que se le pasara por la cabeza o llevar un buen guión preparado de antemano. La opción de improvisar le parecía demasiado arriesgada por culpa de su timidez. La segunda podía resultar un poco forzada. Además, en una biblioteca no podían elevar mucho el tono de voz, así que no sabía dónde ni cómo abordarla. ¿Allí dentro, en el patio, en el mostrador…? Tampoco había elegido en qué momento llevar a cabo su plan. Los nervios le atenazaban así que intentó respirar hondo y quedarse quieto hasta que llegara el momento adecuado.

La mañana pasó volando para los que intentaban aprovechar el tiempo y lenta para aquellos que buscaban en la sala de estudio un lugar donde evadirse. Sus miradas se cruzaron dos o tres veces, como ocurría a diario. Ella seguía leyendo, radiante y segura de sí misma, plena antítesis de quien la adoraba en secreto y era incapaz de preguntarle ni siquiera la hora. A pesar de la temperatura agradable de la sala, a él le sudaban las manos y no paraba de morderse las uñas. Ya no había vuelta atrás y lo sabía. Su actitud conformista le proporcionaba a su plan una gran ventaja. Cualquier gesto ínfimo que pudiera llegar a ofrecerle, sería recibido por nuestro héroe como una victoria moral.

A las 12:05 fue a la cafetería para descansar porque sabía que ella solía hacer lo mismo, casi siempre a esa hora. Si aparecía por allí, sería una buena oportunidad para entablar una conversación, aunque fuera sólo visual. Pero ella no llegó y, tras un rato de espera, el chico volvió a su sitio, aún más nervioso y desesperado. Diez minutos después, fue ella quien se acercó a por un café. Lástima. Primera ocasión desperdiciada.

Otra larga hora se fue y ella decidió que ya había estudiado lo suficiente y empezó a recoger sus cosas. También llevaba una novela de García Márquez que, seguramente, leería en pocos días. Él se apresuró y recogió otro libro que le ayudaría a iniciar su plan de acercamiento. Se encaminaron al mostrador donde la bibliotecaria esperaba, mustia y aburrida por tanta revista del corazón. Llegaron al mismo tiempo y, como no había nadie, ella le indicó con la cabeza que pasara primero. Él quiso ser amable y le hizo un gesto con la mano para ofrecerle a ella el turno. Así, entraron en una educada espiral de cederse mutuamente el turno que cabreó bastante a la bibliotecaria, ansiosa por volver a sus lecturas. Al final, ella accedió y, tras darle las gracias en voz muy baja, pasó primero. Entregó su carné con el libro, firmó el justificante y se alejó despacio hacia la calle. Él no sabía qué hacer pero tenía claro que no podía seguir así. Iba a hablar con ella por mucho que le costara. De pronto, se hizo la luz y la oportunidad se materializó en forma de carné sobre el mostrador. Su brazo voló para cogerlo y, con un rápido movimiento, dejó el libro en una mesa y se alejó como una exhalación mientras oía a sus espaldas el murmullo de la bibliotecaria, aún más cabreada por el desplante. La chica casi había alcanzado la reja que separaba la biblioteca de la calle y daba paso al mundo real, donde su admirador no era más que un joven tímido, retraído y solitario. Todo ocurrió tan rápido… No quiso gritar su nombre porque, en teoría, no debía saberlo, así que la llamó como se avisa a cualquier desconocido por la calle. La chica se encontraba ya concentrada en sus auriculares y la música que escuchaba parecía estar demasiado alta. Se acercó corriendo hacia ella y le dio un ligero toque en el hombro derecho. Sobresaltada, la chica se giró y retiró los auriculares con la mano.

Perdona, es que te has dejado el carné en la biblioteca – dijo atropelladamente. No podía creer que hubiera pronunciado una frase tan larga y, lo que era aún mejor, sin tartamudear.

¡Ah! Gracias. No sé dónde tengo la cabeza. – respondió la chica. Tras dos segundos de incómodo silencio, hizo el amago de retomar la marcha pero se detuvo. – Oye, voy a la parada del autobús, ¿vienes por aquí o vas a otro sitio?

Ehhh…te acompaño.- fue lo único que acertó a responder.

La situación le parecía demasiado perfecta para ser verdad. De todas formas, pensó que todos merecemos tener un día de suerte de vez en cuando. Empezaron a caminar juntos, bajando la gran cuesta hacia la parada y después atravesando el parque donde los perros jugaban y la gente buscaba la energía de algún rayo de sol. Por el camino, mantuvieron una conversación trivial y, voluntariamente o no, fueron despacio, quizá para exprimir esos segundos, en los que dos desconocidos a medias se dieron cuenta de que algo les unía. Se sentaron a esperar el autobús y charlaron como si fueran dos viejos amigos, tan distraídos que la chica perdió el suyo dos veces. Su amistad se inició ese día y aún perdura pero eso ya es otra historia.



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