Dehesas de Guadix

Libro de visitas de Dehesas de Guadix


Hay 7 comentarios
Holdoxili – Jordan
21 De Mayo De 2011 - 02:43
Título: sdqmhuyl

:)

Zúñiga Valero, R. – La Puebla
02 De Febrero De 2011 - 02:21
Título: El río a su paso por la Minilla.

Amigo Santy, hace un rato, mientras paseaba por el “Foro-ciudad.com”, en donde, por cierto, alguien, no sé quién, ha colgado unos comentarios que sobre Dehesas envié en su día a www.granadaenlared.com/pueblos/dehesas/libro de visitas.htm, he tropezado con tu foto “El río desde la Minilla” de fecha 20.12.2008 y leído con atención los comentarios que hacen los visitantes de la Web acerca del Guadahortuna. No es, en absoluto, la imagen que en ella muestras la misma que guardo yo en la memoria de aquel rincón desde hace un sin fin de años y que exhibo en “el Pez Elpidio” después de haberla sometido a un severo remiendo en pfotoshop como podrás comprobar si te animas y lees los renglones que siguen. Verás que el río idílico de mis recuerdos a su paso por la Minilla -sueños quizás, figuraciones, quimeras- nada tiene que ver con la regatillo canijo que se aprecia en tu obra. ¡La de veces que he subido y bajado “trotón” aquella cuesta!

El Pez Elpidio.
Era pleno verano. Transcurría con lentitud cansina aquel día de los primeros de agosto del año mil novecientos cuarenta y tantos. Un sol rabioso, inmisericorde, abrasaba todo cuanto se dejaba ver sobre la faz de la tierra.
A esas alturas del estío habían concluido ya las faenas de la recolección y la cosecha, espléndida, se hallaba a buen recaudo en las trojes.
Nada se movía en ningún lugar a aquella hora meridiana.
La calma era absoluta en todas las orillas.
Hasta las criaturas más diminutas se habían buscado el cobijo de algún matojo umbroso para no perecer asadas.
Sólo las incombustibles chicharras daban señales de vida a pleno pulmón
-es un decir- envolviendo sin discreción el tórrido ambiente con el insuave sonsonete de sus cri - cri de élitros.
A esa hora inclemente que digo, Manolo, el hijo chico de Juan Quesada, apareció en la placeta de su casa llevando tras sí, asida del ronzal, a la burrilla Gaona: animalillo dócil y manso como el que más, muy querida en aquella familia por los méritos que he apuntado y por los servicios que prestaba diariamente en los quehaceres de imprescindible realización para el buen funcionamiento de la hacienda.
Sentado en el poyete que había junto a la puerta de la vivienda, a la sombra de la parra enorme que allí crecía y de cuyos sarmientos pendían grandes racimos de uva negra, en sazón ya, dormitaba el padre del niño, el susodicbeepJuan Quesada.
-¡Te van a picar la avispas, padre!, gritó Manolo a su progenitor a modo de sa-ludo.
El hombre se despertó sobresaltado a las voces de su hijo y tras unos instantes de desconcierto preguntó al muchacho:
-¿Adónde vas a horas tan inclementes, hijo, si se puede saber?
-Voy al río, respondió el joven.
-¿A por agua...? ¡Con tantísimo sol! Espera a que llegue la tarde. Irás más cómodo luego, cuando caiga el calor. Ahora te vas a achicharrar.
-¡Voy a pescar!, le aclaró el muchacho.
-¿A pescar? ¿Te has vuelto loco, zagal?
Ató Manolo la pollina en la anilla que pendía de la pared con ese fin y entró en casa para salir unos minutos más tarde tocado con un enorme sombrero de paja de ala ancha, un cestillo de mimbre colgado a la espalda a modo de zurrón y, en la mano, una larga caña de bambú acondicionada para el ejercicio de la pesca. Detrás apareció la madre del joven que intentaba disuadirlo con buenas palabras y excelentes argumentos de su empeño pesquero a horas tan intempestivas.
-¡Vas a tostarte o a coger un tabardillo! ¿No ves el fuego que está cayendo del cielo, hijo?
-Me pondré a la sombra, madre. No temas.
-¡Juan, ordenó la mujer al marido, prohíbe al chico que vaya al río a achicha-rrarse!
-Prohíbeselo tú, mujer, respondió el hombre con socarronería.
-¡A mí no me obedece!, se quejó la esposa enojada.
-¡Tampoco a mí!, exclamó sonriendo el hombre. Ya es adulto ¿No lo ves? Por eso y por ninguna otra razón va y viene a su antojo, cuando y a donde le place ¿No era eso lo que hemos esperado durante tanto tiempo?
Manolo se infló como un pavo real al oírse llamar adulto por su padre. Aquello era señal de confianza y semejante actitud paterna le llenaba de orgullo.
La buena mujer abandonó su propósito y se adentró nuevamente en la casa refunfuñando. No veía la razón por la que no pudiera ella decir a su hijo qué era lo más conveniente para él ahora y en todo momento. El que se hubiese convertido en hombre hecbeepy derecbeepno le impedía indicarle qué cosas debía hacer y cómo del mismo modo que lo había hecbeepdesde el día mismo de su nacimiento ¡Pues solo faltaba eso!
-¿Por qué no haces caso a tu madre y vas a pescar luego, cuando el sol no sea tan violento?, intervino conciliador Juan Quesada finalmente.
-Papá, es ahora, al mediodía, cuando los peces salen de sus escondrijos para comer y conviene estar allí, en el río, en ese instante si se desea el éxito, claro. En la pesca lo más importante es acertar el momento, conocer las horas en que los peces se ponen a engullir lo que el agua les ofrece y tener mucha paciencia. Durante el transcurso del mediodía seguro que pescaré. Está experimentado. Más tarde, con el sol ido, la brisa moviéndose, las sombras alargadas de la vegetación oscureciendo las aguas y todo eso, no pescaría nada.
-Tú verás, hijo, tú verás, concluyó el padre ¡Que tengas mucha suerte! ¡Hasta luego!
Acto seguido se removió en su asiento y volvió a su siesta bajo la parra a la puerta de la casa.
-¡Y ten mucbeepcuidado!, le advirtió por último mientras se le caían los párpa-dos.
Saltó Manolo sobre la burrilla a horcajadas, y a pelo, sin más acomodo, instó cariñosamente al animalillo a que se pusiera en marcha.
-¡Arre, Gaona, arre...! ¡Vamos en busca de nuestro pez!, la requirió mientras sacudía con suavidad las riendas y le presionaba blandamente los ijares.
Reaccionó de inmediato la asnilla y, obediente, se puso a caminar con un trote saltarín muy gracioso.
Era rápida como una centella la borriquilla Gaona.
Atravesaron el pueblo que empezaba a sestear, llegaron a la plaza y por la Era Grande salieron al campo en busca del chortal bullidor existente a la altura de la Minilla que era el lugar en donde Manolo se las tenía desde hacía un par de años con el pez aquel tan grande como una ballena que por allí se movía. Hasta el momento la ventaja la llevaba el pez. Había soslayado en todo momento, con muchísima astucia, las tram-pas que Manolo le había tendido para sacarlo de su poza. Era listo y ágil, muy despierto, y no había modo de ponerle la mano encima.
Cuando el muchacbeephablaba de tan portentoso pez en su casa, sus padres y hermanos le miraban con asombro y se reían de las cosas tan fantásticas que de él señalaba. No le creían. Pensaban que todo aquello que les refería eran simples figuraciones. A sus espaldas comentaban:
-¡Qué invenciones tan grandes las de este muchacho! ¿De dónde le vendrá semejante modo de ser tan sorprendente, tanta inventiva?
-¿De verdad que es tan enorme como dices ese pez, le preguntaban con burla, tan hábil?
-¡Más grande que nuestra Gaona!, exclamaba él, los ojos bien abiertos para observar el grado de asombro que producían sus palabras entre sus parientes.
-¡Tanto!... simulaban sorprenderse.
-Sí, sí... ¡Tanto!, insistía Manolo encendida la mirada.
-Debe tener muchos años para haber crecido de ese modo descomunal.
-Se tratará, seguramente, de un pez muy viejo. Centenario, si no ¿cómo se ex-plica la existencia de un malacopterigio tan enorme en un río tan chico?, insistían.
Él, Manolo, no se daba por aludido cuando advertía la burla en los demás. Era la única forma de no enfadarse con nadie. Y les seguía el juego. Aunque lo cierto es que interiormente se sentía mortificado por tanta incredulidad. Al final, siempre acontecía lo mismo, habían de admitir que las cosas que él comunicaba poseían el tamaño y la importancia que les atribuía y que de fantasías y quimeras, nada de nada.
Ciertamente el sol era de justicia. Juan Quesada y su esposa tenía razón. No era aquel momento para ir de pesca.
-Nos vamos a freír, Gaona, dijo en voz alta el mozo a la burrilla cuando llegaron a la acequia del Tarahal a la altura del soto de Peláez. Date prisa. Cuanto antes lleguemos a la Minilla antes nos libraremos del fuego que está cayendo. Allí, bajo los álamos, se debe estar divinamente.
En los Llanos tropezaron con el recovero que amodorrado encima de su jumento, un asno de muy buena traza, caminaba sin prisa, a su aire ¡Nadie le esperaba a la mesa en ninguna parte para la comida del mediodía!
-Quede usted con Dios buen hombre, le deseó el muchacbeepcuando estuvo a su altura con intención de adelantarle.
Sorprendido el hombre de la recova se llevó la mano a la cabeza, alzó el som-brero con que se cubría, se alisó el cabello y como si saliese de una profunda y agradable ensoñación, exclamó:
-¡Que Él le acompañe a usted también, buen niño, y le guíe!
Había en la respuesta del hombre una nota inconfundible de cordialidad, de ternura. Su voz era apacible e inspiraba confianza.
Manolo, hasta hacía muy poco tiempo, había sido un chico tímido, asustadizo, temeroso. Ahora ya no era así; había aprendido a situarse frente a las cosas de la vida con seriedad y sin ninguna clase de encogimiento. ¡Trabajo le había costado la conquista de don tan plausible! Por eso tuvo valor para mirar de frente al hombre desco-nocido del camino.
En su casa, sus parientes, seguían creyendo que era aún muy confiado, cando-roso en exceso y le repetían constantemente: a los desconocidos los niños nunca deben decirles quiénes son ni a dónde van; y si están solos, como ahora él, en pleno campo, en donde nadie te ve ni te oye, menos aún.
El pensaba que si uno va por el mundo como conviene ir, con educación y bue-nos modos, nada malo le puede ocurrir.
-¿Hacia dónde vas, si se puede saber?, le preguntó el hombre del burro de la buena traza que había avivado su paso acomodándolo al de la burrilla Gaona.
Dudó Manolo unos instantes antes de responderle. A punto estuvo de mentirle. Pero él ya era un adulto, había dejado de ser niño; terminaba de oírselo decir a su padre hacía tan solo unos instantes. De otro lado, la voz franca y noble del desconocido infundía confianza. Tenía cara de buena persona. Con un semblante así, diáfano y lle-no de paz, no se puede ser malo o falso o traidor... pensó.
-¡Al río; voy al río!, respondió Manolo sonriente.
-¿A tomar un baño?
-¡No!
-¿Entonces...?
-¡A pescar un pez!
-¿Sólo uno?
-Sí, únicamente uno.
-¡Ya!, repuso el recovero que un tanto desconcertado le miraba con fijeza se-mientornados sus ojos oscuros para amortiguar la rabiosa luz hiriente de los rayos so-lares.
-Se trata de un pez enorme, sabe usted, continuó el mozo.
-¿Grande?
-Si señor, muy grande; tanto como una liebre.
-¡Enorme pez, vive el cielo!, exclamó el hombre que se pasaba el día en los ca-minos, de pueblo en pueblo, de caserío en caserío, de cortijo en cortijo, comprando huevos y gallinas y otras cosas de semejante naturaleza para luego venderlos en otros pueblos, en otros cortijos, en otros caseríos junto a las mil mercaderías que portaba en sus fardos y pellejos: miel de caldera, hilos para coser, dedales, pastillas para el dolor de cabeza, jarabes para la tos y bicarbonato para las malas digestiones; jabón de olor, colonia, brillantina; caramelos, algarrobas, pan de higo; alpargatas, tabaco, papel de fumar, yesca…
-¡Enorme, sí señor, enorme! ¡Ya lo puede usted decir!
-¿Y dónde está ese pez?
-En el río.
-¡Claro!... ¡Qué pregunta!
-¡Bien...!, se excusó Manolo como mejor pudo. Es que, sabe usted, no quiero decir a nadie en donde se halla para que no vayan en su busca otros pescadores y se hagan con él a mis espaldas. Entre los pescadores suele haber gente muy poco seria, y también envidiosa e incapaz de respetar las piezas que otros ya otearon. No se puede usted fiar de ellos. Enredan. Exageran. Si te dicen, el que sea, “ve allí que...”. No lo hagas. Marcha a otro sitio porque allí a donde te envían no encontrarás nada; y si lo que te aseguran es que la última pieza que obtuvieron ayer mismo era un ejemplar de treinta centímetros de largo y medio kilo de peso, ¡ríete!; le puedo asegurar que de lo que están hablando es de un gusanillo insignificante de diez gramos que por azar se les enredó en la línea ¿Usted no es pescador, verdad?
-No, no temas, no soy pescador, respondió riendo el hombre.
-Verá, el pez, mi pez, está a la altura del chortal grande que hay un poco más abajo del Donadio; en la cueva del recodo, la que queda a los pies mismos de la Minilla; Elpidio se esconde debajo de la roca grande por la que salta el agua en cascada.
-¿Elpidio…?
-¡Sí!
-¿Y quién es Elpidio?
-¿Quién quiere usted que sea? ¡El pez! ¡El pez que voy a pescar! ¿No se lo he di-cbeepantes?
-¡Caramba! ¡Con que Elpidio!, se maravilló el recovero que no salía de su asombro.
-¡Si señor, así se llama!
-¿Y quien fue el clérigo tan bondadoso que lo cristianó con semejante nombre?
-Yo.
-¿Y por qué le llamaste así?
-¡Hombre, de algún modo había que llamarle!
-Claro; perdona, pero pudiste ponerle pez, pez a secas ¿No es un pez?
-Si, un pez es ciertamente; pero bien había que darle un nombre que lo dife-renciase de los otros peces... como usted y como yo; todos tenemos un nombre particular, propio, para que sepan quienes somos y nos distingan de los otros seres humanos. Yo me llamo Manolo, y por Manolo el hijo chico de Juan Quesada me conocen en todas partes por estos contornos; y usted, ¿cómo se llama?
-¡Elpidio! Mi nombre de pila es Elpidio y de Elpidio el recovero escucharás mil razones en los cien cantones de este territorio.
-¡Elpidio! ¿Cómo el pez?
-¡Sí, cómo el pez!
-¡Qué metedura de pata! ¡Dios de mi alma qué torpeza! Manolo se puso rojo de arriba a bajo. Un calor insoportable le invadió de pies a cabeza y a punto estuvo de desmayarse. Luego, una vez repuesto del sofoco se excusó:
-Usted perdone. Yo no deseo que se enfade conmigo por esa coincidencia. Le cambio ahora mismo el nombre a mi pez y no pasa nada.
-No, no lo hagas. Por mí no te preocupes. Me da igual. Tu pez tiene derecbeepa llevar el nombre que a ti te plazca y a él le cuadre y el de Elpidio no le cae nada mal ¡El pez Elpidio! Muy bien, pero que muy requetebién le queda tal apelativo al pez de tus problemas ¿Sabes que Elpidio es nombre de ascendencia griega y significa esperanza?
En esto habían llegado al lugar de la pesca. El río por allí corría hondo, encajonado en una garganta estrecha de elevadas paredes. Todavía no había hecbeepuna larga andadura y se mantenía claro y fresco, como recién nacido, sin contaminar. Tenía su origen en las cimas más elevadas de la sierras de Montejicar en donde se ponía a co-rrer cuesta abajo camino de las planicies, de las marismas y del mar luego en donde concluía su camino abrazado a otros ríos que, como él, durante su curso, se habían incorporado al Guadiana Menor al que, por cierto, los moradores de aquellos confines también le llaman Río Grande una vez que se le ha incorporado el Fardes más debajo de Don Diego.
-Este es, exclamó Manolo, el lugar en dónde vive mi pez.
El hombre y el muchacbeepse sentaron a la sombra de los sauces. Antes de to-mar asiento el recovero había liberado de su carga al jumento de la buena estampa y trabádolo para que no pudiera ir muy lejos si le daba por corretear. Manolo dejó suelta a la burrilla para que paciese si le apetecía a su antojo y sin más demora se puso a preparar concienzudamente sus arreos pesqueros. El recovero lo veía actuar con mucha atención. No perdía el más mínimo detalle del trajín del muchacbeepen la puesta a punto de tales aparejos. El chico era habilidoso. Introdujo una punta del sedal por el minúsculo orificio de la boya roja y blanca que iba a utilizar como flotador. Luego enhebró el anzuelo con sumo cuidado en el extremo de la línea, por debajo de la boya, y se aseguró de que quedaba firmemente atado con objeto de que por mucbeepque tira-sen de él no hubiese peligro de rotura o desenganche. El anzuelo, mediano, lo ocultó con dos moras enormes, negras, maduras, apetitosas. Hechos tales preparativos previos, sin levantarse, escondido como estaba detrás de los juncos, dijo al recovero:
-Ahora tengo que lanzar todo este utensilio, boya incluida, con la máxima precisión del mundo al centro mismo de la corriente para que lo arrastre hacia la cueva, lo empuje por encima de la roca que ve allí al fondo y le haga caer en el remanso en cuyo fondo vive su tocayo. Allí es donde Elpidio suele esperar la comida que llega río abajo. No tiene que vernos. Ni que oírnos. Si se percata de que estamos aquí se ocul-tará y no volverá a salir de su refugio hasta que su instinto le indique que nos hemos ido y que vuelve a estar solo.
Y así lo hizo. Lanzó el aparejo al río y del modo que he relatado se produjeron los hechos.
Niño y hombre se miraron un instante. El hombre incrédulo, el niño risueño. Luego dirigieron sus miradas hacia la boya que en la superficie del agua remansada se movía en círculos amplios muy lentamente. Pasó un rato grande. Ninguno de los dos osaba hablar: se podía espantar Elpidio. Finalmente el hombre arrullado por el dulce son de las melodías que cantaba el agua mientras saltaba y jugaba entre las piedras que encontraba a su paso, se recostó sobre la arena de la ribera, se puso el sombrero sobre los ojos y se quedó profundamente dormido. Cuando al fin se despertó el sol ya había traspasado la loma y se encaminaba hacia el ocaso. Había dejado de ser agresivo. El ambiente y el paraje eran acogedores y cómoda la ahora. Manolo estaba en medio de la corriente sujetando con firmeza su caña que se curvaba peligrosamente por el extremo superior como si sujetase algo grande, fuerte y rabioso, que tiraba hacia abajo, en todas las direcciones, desde el pozo aquel tan profundo en donde vivía Elpi-dio.
El sedal se veía al resol tenso y brillante.
Manolo sudaba.
En medio del río, con el agua cubriéndole hasta la cintura, el chico se esforzaba como un titán por mantener firme su caña, por no pisar una piedra mal puesta o resbaladiza que diese con sus huesos en el agua, porque su presa no escapase...
El corazón le latía desbocado en el pecho.
Y mientras intentaba contener al indomable pez aquel y acercarlo hasta la orilla comentaba en voz baja, casi en susurro, para que sólo él le oyese:
-¡Ya te tengo...! ¡Si señor, ya te tengo! ¡Al final has caído! Te reías de mí y me hacías mofa cuando intentaba apresarte a cuerpo limpio, sin ardides y sin trampas. Pero ya ves, de nada te ha valido tu gran astucia. Eres listo amigo mío -he de admitirlo- tan listo como yo ¡Más listo que yo! Pero has bajado la guardia un instante y justamen-te por eso, por confiar en tus habilidades sorprendentes, has perdido. Lo siento. Ahora te llevaré a casa, te exhibiré ante los que deseen verte y probaré de ese modo a cuantos quieran oírme que era cierta tu existencia y no pura quimera, pura fantasía de mi imaginación trastornada, un desvarío de mi razón.
Mientras desgranaba tales consideraciones iba poniendo en marcha todas las estratagemas habidas y por haber en el quehacer de la pesca. Destensaba el sedal y dejaba que el pez se sintiese libre. Entonces Elpidio se alejaba veloz intentando huir de la trampa que le tenía sujeto. Nadaba como loco de aquí para allá, brioso, en todas las direcciones, río arriba y río abajo, sorteando con habilidad sin límites los obstáculos que encontraba a su paso. Saltaba enfurecido, en apoteósicos brincos, por encima del agua dejando ver su moteado lomo y su panza de plata. Luchaba denodadamente por desasirse del engaño en donde había quedado atrapado cuando intentó merendarse las excelentes moras negras puestas taimadamente como cebo en el terrorífico garfio. Luego, allí lejos, en donde se acababa la línea, cien metros más abajo, se percataba de que todo había sido una mentira, que seguía preso, y se enfurecía.
El recovero, sorprendido, exclamó desde la orilla:
-¡Manolo...! ¿Elpidio al final?
-¡Sí! ¡Elpidio!, respondió el chico con voz opaca. Tenía la boca seca y áspera.
-¿Y cómo es de grande?
-¡Casi como una ballena!, gritó.
En ese justo momento, el pez, exasperado como estaba, en titánica lucha por desasirse del maleficio que le retenía, saltó muchos metros por encima del agua, espléndido. Cuando cayó de nuevo en su hábitat pareció ciertamente, el suyo, el coletazo de una ballena que se defendiese de un terrible enemigo en pleno océano.
-¡Vive el cielo!, aplaudió el hombre de la recova sin poder ocultar su asombro. ¡Era cierto lo del gigante pez Elpidio!
Manolo le miró complacido. Destensó el sedal y, poco a poco, caminando hacia atrás, de espaldas, salió a la orilla desde donde empezó otra vez a recoger la línea gi-rando cuidadosamente la manezuela del carrete de la caña.
Y así, en ese vete y ven que digo, mantuvo largo rato, río arriba, río abajo, al pobre Elpidio que finalmente, cansado, desvalido, perdidas todas las esperanzas de salvación, se acurrucó tras una piedra más grande casi a la orilla misma del río mientras pensaba que aquello que le estaba aconteciendo era una pesadilla terrible, un mal sueño y no la realidad.
-¡Que se te va a escapar!, le advirtió el hombre de nombre Elpidio que no deja-ba de felicitarle.
-Ahora ya me es igual, respondió Manolo -había desencanto en su voz-; la verdad es que si se rompe el sedal y Elpidio se escapa no sufriré ningún disgusto.
-¡Magnifica trucha, Manolo, magnifica trucha!, repetía el hombre de la recova sin cesar.
-Sí; espléndida pieza, murmuró el joven sin alegría.
El pez Elpidio permanecía quieto, extenuado, tras el terrible esfuerzo que había realizado, sin éxito, para librarse del encantamiento que le encadenaba.
-¡Eres un bravo pescador!, Manolo.
Manolo no contestó ahora. No dijo nada. Volvió de nuevo al centro del río y cuando estuvo a la altura de su presa la izó del agua, la sitúo frente a sus ojos -apenas si podía sostenerla en el aire- y la acarició; le pasó la mano por la cabeza, por el lomo hasta la cola... Allí estaba, quién lo iba a decir, el pez Elpidio, vencido, fuera del elemento en donde encontraba la vida, flotando en el aire, medio pernicioso para su existir, dispuesto a bien morir si ese era el deseo de su vencedor. Es una hermosa pie-za. Magnífica. El mejor de los trofeos -se decía contemplándola- y de repente, mientras andaba en tales consideraciones, sintió pena por el magnífico pez bravío de sus desvelos. Ya no le satisfacía su captura. Tampoco recordaba los quebraderos de cabeza que le había ocasionado durante los dos últimos veranos. Ahora le entristecía su pérdida de libertad.
-¿Y si lo dejo que se vaya, que escape, qué pasará?, pregunto sin más preámbulos el niño al hombre Elpidio que le miraba maravillado.
-¡Un milagro!, exclamó el hombre sin poderse ocultar su asombro ¡Si señor, ocurrirá un milagro! Elpidio, mi tocayo, volverá de nuevo a su río, a su pozo, con sus iguales... seguirá viviendo y dará gracias al Creador cada amanecer, todos los días, por haberle permitido recobrar a la libertad, por haberle concedido la gracia de seguir disfrutando del agua limpia y fresca de este río idílico, del sol, de las noches plácidas de luna llena, del croar de las ranas sus vecinas, del calor, del frío... ¡de la vida!
Manolo, sin pensarlo más, destensó el sedal y empujo hacia delante la caña. El anzuelo que era liso se desprendió de inmediato de la cartilaginosa boca del pez que, al sentirse suelto por fin, se movió poco a poco, incrédulo, hacia atrás, asombrado por tanta fortuna. Luego, muy lentamente, inseguro, sin dar crédito a lo que percibía, se fue hacia el centro del río mirando siempre a Manolo, sin darle la cola, sin perderle de vista, y corriente abajo fue a perderse, sin prisa, en el pozo, a la entrada de la cueva, debajo de la roca grande por donde se despeña el agua a modo de cascada. Y fue cosa de ver. Tan pronto como Elpidio pez llegó a su lugar de residencia, sus vecinos, los otros peces que allí vivían, emocionados por su libertad, empezaron a saltar por enci-ma del agua, primero uno, luego dos, tres, cinco, mil... ¡ Qué delirio! Algunos de aquellos saltarines peces eran chicos, otros medianos y grandes muy pocos. Ninguno de la talla de Elpidio que, al final, también saltó al aire, hizo una graciosa pirueta a modo de reverencia gentil y dio por finalizada la fiesta de acción de gracias.
Después de tan extraño fenómeno hombre y niño volvieron a la vereda. Ya no había sol, se había puesto. La tarde era quieta y placentera. Una brisa dulce, entre fresca y tibia, muy agradable, llegaba desde el mar trasponiendo la sierra. Manolo tendió la mano a su acompañante y le dijo:
-Pronto va a oscurecer. Me gustaría estar en casa antes de que anochezca ¡Vaya usted con dios, buen Elpidio! Y muchas gracias por su compaña.
Ahora el recovero ya no era un hombre sin más, que no es poco; era un hombre con un nombre propio que le distinguía de los otros hombres. Y el hombre de nombre Elpidio, apretando firmemente la mano del muchacbeepcontestó con emoción al niño de nombre Manolo:
-Que Él te acompañe a ti también, buen Manolo, y te guíe.
Y cada uno se fue por su camino.
Todavía hoy, las gentes de por aquellos confines, hablan del pez Elpidio con encomio y admiración y del pulso que mantuvo durante varios veranos con Manolo, el hijo pequeño de Juan Quesada. Y algunos, los que más aman la naturaleza y cuanto en ella hay, afirman y predican que todos los pescadores debieran tomar ejemplo del buen muchacbeepque devolvió al río lo que del río era. También recuerdan, y hablan de él con alabanza, al recovero aquel que corría por tales parajes detrás del más mínimo cambalache que se ofreciese a sus ojos, testigo de tal proeza y que no cesó de narrarla a lo largo de todos sus días en honor y honra de Manolo el hijo pequeño de Juan Quesada a quienes quisieron oírla de su propia voz.

Zúñiga Valero, R. – La Puebla
03 De Mayo De 2010 - 00:49
Título:

“¡Viva el pueblo de mi madre!”

Amigo usuario primero del Libro de Visitas de Dehesas de Guadix en GRANA-DAENLARED:

Como señalaba en mi anterior apunte en el Libro de Visitas una de las historias que te hubiese contado de habernos tropezado alguna vez en Dehesas es ésta que seguidamente acoto entre comillas. Se trata como podrás apreciar de un relato curioso ¿Verídico? No lo sé. A mí siempre me pareció un enredo, un frívolo comadreo propio de desocupados. Es curioso sin embargo; no hace mucbeeptiempo volví a oír la hablilla en cuestión de boca de uno de aquellos zagales que, como yo, saltaba a Caña Ronca en el Cerrillo de Rull a la luz de la vieja bombilla que colgaba de la fachada de la casa de Concepción, a quien encontré casualmente por tierras de Cantabria disfrutando de uno de los viajes culturales que para mayores organizan las Instituciones Sociales del Estado. Él, a su vez, la había escuchado de su bisabuela Estefana mucbeeptiempo atrás, eso me dijo, mientras hablábamos del pasado, claro, de nuestra infancia, de nuestro pueblo y sobre todo de los amigos comunes. Pregúntale a tu madre amigo usuario primero si ella oyó mencionar alguna vez al personaje protagonista del hecbeepque aquí traigo y si sus recuerdos coinciden con las cosas que de él comento:

“El arriero.

Así se le conocía en el pueblo, por ese nombre, al sujeto cuyas desventuras se refieren en esta historia. Era trajinante de profesión. Se ganaba la vida como porteador.

Poseía dos jumentos, dos burrillas mansas de fácil gobierno que empleaba para el acarreo. Llevaba vino aquí, allá jabón, bacalao, miel a otro lugar, a donde los precisaban y de ese comercio elemental obtenía beneficios bastantes para el sustento de la familia y el sostenimiento del negocio.

El pueblo, por los días aquellos, era un villorrio dejado de la mano de Dios; un asentamiento primitivo, troglodita casi. Casas de piedra y cal, de adobe y argamasa, de ladrillo, hierro, cemento y cristal no llegaban a la docena, se alzaban en la Plaza y las habitaban los que poseían la propiedad de las tierras o sus administradores.

El arriero poseía la vivienda en la parte alta del pueblo, por los Gorros; un agujero grande y confortable horadado de modo inteligente. Había sido proyectado para vivir en él, para aislarse de los peligros que ofrece la calle, para guarecerse de las inclemencias que la naturaleza esparce a lo largo de los días. La configuraban distintos espacios destinados a los diferentes menesteres que el hombre precisa realizar en su vivienda durante el tiempo que permanece en ella. Era ciertamente un noble agujero convertido en hogar: lugar desde donde partir cada amanecer en busca de lo que la vida exige a los humanos para subsistir y al que regresar con la anochecida para des-cansar junto a la familia del ajetreo que conlleva la conquista de tales exigencias.

Era nuestro hombre un tipo rudo, áspero, de difícil trato, callado. Quiero decir que apenas si hablaba. Y si conversaba alguna vez de algo era tan parco en sus manifestaciones, tan sucinto, que resultaban hirientes dada su sequedad y desabrimiento. Sin embargo, no siempre había sido de igual talante. Se cuenta que se mostraba de tal modo desde aquel día en que oyó decir a su mujer a las comadres que quisieron oírla: “si los niños no se sientan alrededor de mi lumbre es porque el hombre que la aviva no pone interés...”.

Seguro que semejante comentario salió de sus labios sin maldad; que fue hecho, sin duda alguna, de modo alegre y festivo, con ganas de jugar, de ser simpática ante quienes la escuchaban; sin meditar y, por supuesto, sin deseos de herir u ofender. Quizás lo que pretendía era justificar el hecbeepde modo gracioso y quitar importancia al desencanto que le embargaba; para aliviar más que para denostar. Es posible. Pero tales cosas no se comentan en público, la voz alta como el pregonero, a pleno pulmón, con risas además y aspavientos, para que todo el mundo vea y oiga y se entere ¿A qué mujer de su casa, que se tenga por seria, que quiera ser respetada, se le ocurre señalar de mal hortelano al hombre con quién vive? ¡Qué disparate! ¡Ni en broma; no señor, ni en broma! ¡Tamaña ofensa no tiene perdón!

Contaban que a partir de aquel día el arriero se encerró en sí mismo, ató pareceres y pensamientos en lo profundo de su ser, puso bocado a sus sentires y se convirtió en triste y esquilmado erial. Nada salía de sus interiores. Se olvidó de que el hombre es más humano cuanto mejor sabe comunicarse con sus semejantes; cuanto más capaz es de hacer oídos sordos a las sandeces que escucha y, especialmente, cuando sabe perdonar las tonterías y mil necedades provenientes de los más próximos y queridos que, de ordinario, suelen proferirlas sin continencia de ninguna clase, de todo orden y de tamaño como el universo mundo.

¡No, no...! No se había olvidado de estas filosofías el porteador. En absoluto. Es que el pobre no las había sabido nunca; nadie le había enseñado a pensar así. Su cultura era la de los albores del homo sapiens y desde estadio tan lejano resultaba imposible reaccionar de otro modo diferente.

Nada dijo el ultrajado hombre a su mujer. Ni un mal reproche tan siquiera. Tampoco comentó el incidente con los demás, con sus parientes o amigos, con nadie. Ni una sola queja salió de su boca. Eso sí, se sintió tan maltrecbeepy desvalido, tan grandemente ridiculizado que jamás, a partir de ese día, volvió a sonreír. Y de palabras, pocas; pocas y cortas; únicamente las justas: “si, no, hola, adiós...” y basta.

Cuchicheaban maliciosamente los que siempre están en la casa de los otros arreglándoles sus problemas con daño terrible para la solución de los propios que, a partir de aquella fecha tan malhadada, en las noches, el vendedor ambulante echaba un jergón junto a la chimenea y allí, solo, acurrucado con el dolor de sus heridas, lloraba sus tristezas sin protestar ¿Para qué? Debía ser su estrella.

Nunca más volvió a la alcoba de su esposa.

Desde entonces, avergonzado, dolido en lo más profundo de su hombría, hundido en su triste desgracia, errabundo, caminaba por el doliente sendero que los días le habían deparado ¡Qué vida tan desdichada la suya! Y la verdad es que la malaventura le tornó violento; hasta tal extremo se mostraba irritable que la gente pasaba junto a él muda para no tener que oírle alguna de sus intemperancias.

Sólo Celedonio, el talabartero, tenía algunas conferencias con él. Habían crecido juntos y se querían como hermanos. Celedonio tenía un hijo al que también manifestaba cierto afecto y con el que gustaba estar. Lo soportaba sin dolor. Únicamente cuando se hacía pesado y preguntaba cosas sin sentido o que el hombre consideraba que sus respuestas no harían ningún bien al niño o, sencillamente, porque entendía que era una frivolidad hablar de aquello con un menor, le mandaba callar o dejaba sin respuesta sus atolondradas cuestiones. El hijo del talabartero, Celedonio de gracia igualmente, conocía muy bien al arriero y sabía perfectamente como entrarle aunque, la verdad sea dicha, no siempre acertaba con sus salvas.

Aquella mañana regresaban del bosque portando madera de pino para el fuego que debía calentar las noches gélidas del invierno que ya estaba próximo. El muchacbeeple acompañaba y vigilaba la carga de su asno. Era un día dorado y cálido de finales del otoño. Hermoso. Un regalo del Cielo para los hombres. Cuando llegaron a la altura del Tollo del Gato, Rambla de la Pava abajo, el arriero se detuvo frente a una retama enorme, anudadas sus ramas muchas veces, que crecía al borde del camino; se sacó el sombrero, se santiguó despacio, con devoción, y durante unos instantes se mantuvo en silencio, recogido, los ojos puestos en el suelo como si orase. El niño no salía de su asombro. No esperaba aquella manifestación doliente y reverencial a la vez de su acompañante. Sabía, lo había oído decir muchas veces a su padre cuando por allí habían pasado en otras ocasiones, que en aquel lugar, un anochecer sombrío de invierno, lejano ya, habían hallado muerto al padre de su compañero leñador. Nadie supo a ciencia cierta como aconteció el fallecimiento. Sólo se sabe que el hombre estaba echado sobre el ribazo, sin hálito, entregada su alma a Dios, cuando lo encontraron unos cazadores que a la caída de la tarde regresaban del monte.

Hacía ahora rato que caminaban luego del rezo. Marchaban en silencio. Iban, mustio y murrio el hombre y el niño impaciente, echando de tanto en tanto algún que otro silbo al aire, con cuidado, eso sí, de que no fuese muy estridente para no molestar a su viejo y cascarrabias compañero ni sacarle de sus lúgubres meditaciones. Y todo ello por expreso deseo de su progenitor que le había dicho: “no le molestes, zagal; respeta su silencio”.

El caso es que el chico que tenía la lengua fácil y la imaginación despierta, tras la pía oración de su acompañante y después de que se hubiera tocado nuevamente su anciana testa con el deslucido y viejo sombrero que usaba y caminado como digo en silencio largo rato, desoyendo los consejos paternos, modosamente va y le pregunta:

-Tío Antonio -Antonio era el nombre propio del arriero-, ¿estaba usted rezando ante la retama, verdad?

-Verdad, respondió el hombre al chico sin siquiera mirarle, sin levantar la cabeza, sin inmutarse lo más mínimo.

-¿Y a quien rezaba?, insistió el muchacho.

-Rezaba a Dios.

-¿Cree usted en Dios?, tío Antonio.

-Sí, creo en Dios.

-¿Y le reza usted muchas veces?

-Algunas veces, sí...

-¿Y por qué reza usted?, tío Antonio.

-¡Es bueno rezar...!

-¡Sí, señor! ¡Y necesario!, eso ya lo sé, se quejó en voz baja el niño.

No había modo alguno de que aquel hombre alargase una frase más de tres segundos ¡Cuanta terquedad la suya! Rezar, ciertamente, es bueno. De eso ya era conocedor. Se lo había enseñado su abuela Pepa. Y por eso mismo él rezaba siempre que se le ofrecía la ocasión y, de manera especial, cada noche antes de irse a dormir. Primero se encomendaba a Dios con entera humildad; luego le pedía perdón por las faltas que pudiera haber cometido, consciente o inconscientemente, durante la jornada transcurrida y prometía, al propio tiempo, sincero propósito de enmienda: ser mejor y más virtuoso el día viniente; y por último le rogaba al Divino Hacedor de todas las cosas la dicha de un sueño plácido y reparador y de un nuevo amanecer reidor y venturoso. Todo ello con convencimiento. Con nobleza. Sin tapujos. Sabedor de que Dios cono-ce hasta el último de los rincones de nuestros entresijos y lo que allí hay y no se le puede ir con embelecos.

-Tío Antonio, ¿ahí, en esa retama ante la que ha rezado, murió alguien más, aparte de su padre que en Gloria esté? Otra vez intentaba Celedonio hijo sonsacar a su taciturno compañero de viaje.

-¡No!, tronó el hombre.

El niño esperaba que le respondiese de otro modo; con menos desabrimiento; que le contase algo nuevo, alguna historia de misterio o terror, de esas que narran tan bien las personas mayores y que dejase, de una vez por todas, de mostrarse con él, con su amigo Celedonio, el hijo del talabartero, tan huraño como lo hacía con las otras gentes. Pero no fue así. No lo consiguió. Muy contrariado se volvió nuevamente al silen-cio, a sus pensamientos, a esperar otra oportunidad que le permitiese hacerle romper su empecinamiento.

Pasó un buen rato, largo, sin que volviesen a decir, hombre y niño, lo más mínimo. Caminaban, pausadamente el anciano, trotón el joven que, harto al fin de tanto callar insistió:

-¿De eso, de la muerte de su padre, ya debe hacer mucbeeptiempo, verdad?

-¡Sí!, replicó el hombre.

-¿Y de que murió su padre, tío Antonio?

El hombre miró al niño con mucha atención; muy fijamente; con descaro; centelleantes los ojos. Y luego, con voz de trueno, respondió:

-¡De repente! ¡Mi padre, que en gloria esté, murió de repente, niño pesado!

Qué humor, pensó el chiquillo, asustado. Debe resultar terrible vivir con un hombre así ¡De repente!, se repitió para sus adentros ¡De repente! O sea, que estaba vivo el hombre y sin que le diese tiempo para un nuevo parpadeo, ya no lo estaba, se había muerto ¡Qué cosas! Que el desdichado estaba respirando tan plácidamente el aire limpio de estos montes y sin más se le rompió para siempre el fuelle del alma; que tenía la sonrisa en la boca y antes de que se le acabase el gozo del sonreír ya había expirado; que estaba pensando y se le acabó el pensamiento antes de llegar al final de la idea... ¡De repente! Sin previo aviso ¿Qué semblante le deberá quedar a un muerto que todavía conserva en su rostro inerte una sonrisa a medio concluir? Mejor que así sucediese si bien se mira. Tal acontecer le evitó el tormento tan grande que tiene que suponer el conocimiento de la muerte a fecha echada. Seguramente que allí, recostado sobre el ribazo, al resol, calentito, rodeado de todos sus antepasados que debieron acercársele para acompañarle en ese momento difícil, en plena armonía con la obra de Dios, cerró los ojos cansado como iba para dormitar unos instantes y nunca más los volvió a abrir. Debió ser un tránsito dulce, sin sobresaltos ni terrores... ¡Una bendición del Cielo!

A la vista de tanto enojo, Celedonio se hizo el firme propósito de permanecer callado por todo el tiempo que fuese necesario. A partir de ahora, pensó, le habría de solicitar que hablase aquel fiero hombre cuando desease oírle ¡Qué se habrá creído este gruñón y cascarrabias dinosaurio!, se dijo enojado e irrespetuoso. Pero ya se sabe, los niños se olvidan rápidamente de sus propósitos y compromisos y los inbeepplen cuando se les antoja sin pudor de ninguna clase.

En esto habían llegado al pueblo. Iban calle arriba en busca de la casa de Celedonio. Era la hora del mediodía. Al paso de los leñadores algunos perros, asustados, ladraban estentóreamente desde las puertas de las casas de sus amos en donde dormitaban y un montón de gallinas que picoteaban sueltas, a su albedrío, en mitad de la calle, como si todo el pueblo fuera un enorme gallinero, huían espantadas.

Una vez que hubieron llegado a su destino y antes de descargar la leña que portaban los animales sobre sus lomos, el niño se acercó al hombre, le miro de frente y con serena inocencia le preguntó:

-Tío Antonio, ¿tiene usted la burra en estado de buena esperanza, verdad?

¡Válgame el Cielo! ¡Válgame, válgame, válgame! ¡Qué cosa vino a preguntar el atolondrado muchacho! El hombre se movió con la rapidez de un felino pese a sus años y, congestionado, con todas las iras de todos los demonios asomadas a sus ojos, sin poderse reprimir, sin quererse reprimir, plenamente consciente de sus actos, con grandes aspavientos, amenazador, le gritó:

-¡Yo no! ¡No! ¡No...! ¡Yo no tengo a la burra en ningún estado bueno ni malo! ¡Ha sido el burro! ¿Te enteras insufrible niño charlatán? ¡La ha puesto en semejante trance de buena esperanza el burro! ¡El burro!

Sus voces se oyeron en todos los rincones de aquel pueblo grande, pobre, muy pobre y atrasado.

Cuanta desgracia.

El hombre del negocio al menudeo, tras tan larga perorata de quince segundos de duración, cansado tal vez por el esfuerzo de la palabra, quizás por razón de la fatiga de mil días abeepulada en su alma o, tal vez, por los tormentos sin medida que se asomaban a su rostro, se llevó la mano el pecho, se encogió como una pobre bestia heri-da y cayó redondo al suelo sin sentido.

¡Qué espectáculo tan desagradable!

Acudieron los vecinos a sus voces, asustados. Intentaron reanimarlo, devolverlo a la vida, pero todo resultó en vano. Nada se pudo hacer por él. Llamaron al médico. El medico que estaba en el pueblo de al lado de visita, cuando al fin llegó sólo pudo confirmar con cara compungida “que nuestro amigo, el buen Antonio el del menudeo, se había ido al Mundo del Más Allá y que su ciencia todavía no era bastante pa-ra resucitar a los muertos”.

Arrodillada ante el hombre exánime, María, menuda, enjuta, insignificante, todo huesos y piel renegrida, lloró en silencio largo rato su pesar. Cuando el juez ordenó lo pertinente, sin apartar la vista del hombre sin vida que había sido su marido, exclamó, alta la voz, sin recato, para que todo el mundo la oyese:

-¡Pobre hombre mío tan desdichado! Dios te tenga ya en su Santo Seno disfrutando, por fin, de las venturas que aquí se te negaron. Perdóname. Yo nunca deseé hacerte daño. Nunca. Si me necesitas, aunque sólo sea para estar a tu lado y hacerte compañía en silencio, llámame; ruégale al Todo Poderoso que me lleve contigo cuanto antes.

De noche ya, cuando todo había pasado y vuelto la normalidad, Celedonio padre, el talabartero, vivamente impresionado por tales hechos, preguntó a Celedonio, su hijo, cómo había ocurrido la deplorable muerte de su amigo. El niño con voz entrecortada, lleno de tristeza sólo supo decirle:

-¡De repente, papá, de repente! Pobrecillo, cayó al suelo engurruñido como un guiñapo y dando voces como si estuviese loco ¡De repente, papá, todo sucedió de repente!

Y nada más supo añadir al suceso. Tan impresionado había quedado”.

Celedonio, el hijo del talabartero, que todavía vive, me comentaba no hace muchos días que sigue manteniendo viva en el recuerdo la imagen del anciano arriero gruñón y cascarrabias amigo de su padre y que continúa profesándole un profundo respeto. Me explicaba que aún hoy, tantos años después, cada vez que sale al campo y tropie-za con una retama, grande o chica, como sea, se para ante ella, se descubre la cabeza y pregunta en voz alta: ¿cómo está usted tío Antonio? Y a continuación ruega al Señor: dale a mi amigo un buen lugar en tu Casa; no consientas que pase las noches solo en su jergón junto al fuego de la chimenea -que no debe ser un mal lugar ahí, en tu morada- que María le acompañe; que hablen, Señor, que hablen. Que no desaprovechen tontamente la Eternidad.

Zúñiga Valero, R. – La Puebla
09 De Enero De 2010 - 02:36
Título:

¡”Viva el pueblo de mi madre”!.
No sabía yo amigo usuario primero del libro de visitas de Dehesas de Guadix cómo entrar en él, acercarme a la Desa desde sus páginas y decir a los que en ella viven ahora que los mil o más deseros esturreaos por el ancbeepmundo, añoramos profundamente el lugar. Tú, quienquiera que seas, con el grito de “¡viva el pueblo de mi madre!” me has dado el empujón que precisaba para hacerlo.
Gracias.
Verás. Solemos guardar magnificadas en la memoria las experiencias de naturaleza amable que atesoramos a lo largo del tiempo, vivencias que acostumbramos a exponer con aire solemne cuando se refieren a los días de nuestra niñez y sus hechos, al pueblo lejano en donde nacimos, a la recordación de los inolvidables camaradas…
Mira si no: muchos días me doy una vuelta por Dehesas –con la imaginación, claro- y, andando muy despacio, me acerco al Donadio y al Tarahal y si las fuerzas no me flaquean continúo hasta el Fontanar. Suelo pararme a descansar unos momentos en el Cerro de la Minilla y en el haza que “Paquete” cultivaba en la Rambla de las Chartinas cojo un caqui maduro de los que él cría en la parcela que digo, exquisito, y lo saboreo con deleite.
Me gusta regresar al pueblo de mi nacimiento aunque solo sea con la pensamiento.
A menudo recuerdo con afecto a mis amigos de la infancia. Alguno de ellos se habrá ido ya. Seguro. Los otros, los que todavía se sostengan, ahora, terminada la maratón de sus días afanosos, descansarán sentados en el tranco de las puertas de sus casas, nostálgicos, rememorando las cosas que fueron. No escribo sus nombres aquí por pudor. Los guardo, eso sí, grabados en la memoria. Que la buena vida les acompañe.
Nada tiene que ver, por lo que oigo, el lugar que ahora es Dehesas con el andurrial que era en los días de mis recuerdos. Se ha transformado, me dicen, en un rincón en el que se puede vivir sin agobios y del que no es necesario huir como acontecía entonces porque las carencias de todo orden han dejado de empujar a sus gentes hacia el destierro.
Cuando yo era niño, hace unas cuantas décadas, muchas, y correteaba por sus calles sin asfaltar, era aquella una aldea pobre, abandonada, sin horizontes. Hoy, cuentan, se ha transformado en un lugar floreciente que permite a sus habitadores vivir como conviene que lo haga cualquier ser humano. Entonces, en los días a que aludo, algunos de los niños que como yo jugaban a pídola frente a la escuela, detrás del corralillo en donde cada mañana se recogía la dula para llevarla al campo a hozar, murió de inanición. En muchas casas se pasaba hambre.
Cómo me alegra saber que sus niños de hoy, ahora, se nutren bien, disfrutan de asistencia médico sanitaria eficiente y viven una infancia plena. Eso sí que es una gran conquista. Cómo me alegra saber que sus niños de hoy, ahora, pueden escolarizarse, seguir una primera enseñanza reglada completa, ir al instituto y a la universidad luego, si así lo desean, y adquirir los conocimientos que exigen los tiempos actuales para acercarse sin titubeos a cualquier empleo, al que más les guste, y destacar en la sociedad.
Para terminar, anónimo comunicante, me gustaría que el azar nos llevase un día hasta Dehesas, encontrarnos allí y pasear juntos desde la Cruz del Soto hasta la Plaza, al cabo del pueblo, y contarte, hacerte partícipe delante de cada una de las casa que hallemos a nuestro paso -desde la de Virolo hasta la de los Caro con su almazara- de las historias, mis recuerdos, de las gentes que en cada una de ellas vivieron. Te ibas a sorprender. No te quepa la menor duda: el pueblo de tu madre que es también mi pueblo, es un gran reino que como sus naturales merecen larga y placentera vida.
Dale un abrazo a tu madre de mi parte. A lo mejor hasta somos de la misma quinta y hemos echado alguna conversación a los sones de la banda de música de Cabra de Santo Cristo durante la Fiesta de San Bernardino.
Afectuosamente.

Responder a Zúñiga Valero, R.
montse – barcelona
11 De Enero De 2010 - 15:56
Título:

Al fin te has de has decidido a enviar el texto, está que ni bordado.Te ha quedado muy bonito, espero que tengas muchos comentarios de la gente del pueblo. Un saludo.

Responder a Zúñiga Valero, R.
Luis – Dehesas de Guadix
13 De Enero De 2010 - 08:23
Título: Impresionante

Es lo más bonito que he leído sobre el pueblo en toda mi vida.
Saludos.

anonimo – barcelona
15 De Diciembre De 2009 - 01:15
Título:

viva el pueblo de mi madre.

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