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La garantía del filete


Lo diré honradamente, cada semana desde hace años leo el artículo de opinión de mi admirado Pérez Reverte. No intentó copiarle el estilo ni los temas (nunca le llegaré al chicle que pueda pisar su zapato) pero si veo a través de mis ojos situaciones que intento analizar como si fuese el maestro.

El fin de semana pasado mis santos progenitores vinieron a conocer mi nueva morada y decidí invitarles a almorzar fuera. Optamos por un restaurante de mi barrio. Un sitio de menú económico y buena comida de lunes a domingo. Su carta tampoco está nada mal y sobre todo el ambiente de jubilados y familias que llevan años comiendo cada domingo allí.

Todo transcurría sobre temas familiares y conversaciones de miembros de un clan que no se ve desde las navidades, hasta que de repente un estruendo irrumpió el local. Tacones, bisones, abrigos de cuero y bufandas de grandes marcas internacionales. Tres matrimonios jóvenes con sus respectivos retoños ocupan la mesa que se encuentra a nuestro lado. Mi padre y yo nos cruzamos una mirada que no deja lugar a las palabras. Algo huele mal en Dinamarca y nosotros lo vamos a detectar.

Mientras que degustamos una tabla de "supuestos ibéricos", el camarero se acerca a tomar nota a los nuevos comensales y tras horrorizarse, ya que el joven les ha ofrecido la posibilidad de degustar el menú de la casa, piden inmediatamente la carta. Mi madre había optado por un menú a base de sopa alpujarreña y championes salteados con verdura. Ella me mira y con su habitual mala follá (es de Huétor Vega) dice en un tono elevado que no comprende lo indigno que puede tener un menú.

Otro cruce de miradas familiar que me lleva a pensar sobre que la telepatía puede ser una realidad en la dinastía de los Rojas. Tras acabar de luchar con mi fritura de pescado y ayudar a mi padre con su rape, centramos nuestros esfuerzos en olvidar la mesa anexa. Nos fue imposible, su conversación sobre móviles de última generación y vacaciones en Capri nos fascinaba. En ese momento llegó el camarero a tomarles nota y tras infinitas preguntas sobre los elementos de distintos manjares caen en el menú. Mi padre y mi madre sueltan una media carcajada que yo intento disimular con un golpe de tos más falso que un ciclista negro (nunca he visto ninguno). Y entonces, llegó la pregunta clave. Una señora envuelta en aromas de Loewe y ropa de marca suelta de pronto: ¿La ternera será fresca?

En ese momento cambiaría mi mano derecha por un puñal. Tras marear a un chaval que ejerce de camarero y marearnos a todos con sus planes en Capri, se atreve a preguntar en un restaurante de barrio con un menú a siete euros si la ternera es fresca. La pena de muerte tiene momentos de justificación. Uno de ellos es el caso de esta gente miserable que basa su vida en "quiero y no puedo". La sabiduria de mi madre entonó el clásico "me gustaría ver la carne fresca que hay en su casa".

Por suerte o por desgracia, en mi casa hemos tenido buenas y malas rachas. Mis padres están disfrutando de una jubilación a todo tren por el trabajo de toda una vida y eso para mi es motivo de orgullo. Hubo una época en la que no podíamos salir a comer a la calle, como les pasa a muchos españoles, pero en mi casa nunca faltó de nada. Ahora mis padres van con la misma dignidad a un sitio con menú a siete euros que a un lugar donde el menú de degustación vale cincuenta. Lo que me queda claro es que la clase no se demuestra con la ropa, ni con las conversaciones en voz alta para demostrar que se sabe de un tema u otro, ni en pedir que te cambien el cubierto en un humilde bar-restaurante.

La clase se materializa sabiendo preguntar sobre la calidad de la carne en el lugar adecuado.

JMRojas www.granadaenlared.com

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