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Túnez Onírico
Lehnert & Landrock, últimos herederos de la corriente orientalista que inspiró a numerosos artistas del siglo XIX, tuvieron la oportunidad de residir durante años en Túnez. El primero de ellos, el fotógrafo, registró con su cámara las fantasías orientalistas de Occidente. El segundo, experto en las técnicas de laboratorio, se encargó de difundir el trabajo de su socio y amigo.
La Escuela de Estudios Árabes expone una selección de 42 fotografías tomadas en Túnez entre 1904 y 1908. La componen retratos, escenas de la vida cotidiana, así como imágenes de los oasis y el desierto
Rudolf Lehnert nació en Bohemia en 1878. Ese mismo año vino al mundo en Sajonia quien se convertiría con el tiempo en su socio: Franz Landrock. La amistad les llegó bien temprano, en plena infancia. No obstante, fue en 1904 cuando estrecharon fuertes lazos al reencontrarse en Suiza, a la vuelta de un viaje que había llevado a Lehnert hasta Túnez. Fue allí donde el artista formado en el Instituto de Artes Gráficas de Viena quedó atraído por las imágenes de Oriente. Fascinado por aquel escenario, no dudó en mostrar a su compañero las primeras fotografías que había tomado en el país norteafricano para así convencerlo de la conveniencia de asociarse y viajar juntos hasta aquella región. Partieron a la edad de veintiséis años, con la maleta cargada de una común pasión por la fotografía y el Oriente Medio.
La labor de los socios, que duró hasta 1930, guardó desde entonces un gran equilibrio, pues en tanto que Lehnert, fotografiando todo lo que le inspiraba y conmovía, registraba con su cámara la belleza del norte de África, Landrock acometía con suma maestría las tareas técnicas propias de laboratorio, así como las derivadas de la gestión del negocio que ambos habían puesto en marcha en el centro de Túnez.
 | | Una de las fotografías de Lehnert & Landrock (Escuela de Estudios Árabes) |
Los temas preferidos de Lehnert guardan relación con el desierto y los oasis, así como con los retratos, desnudos y escenas de la vida cotidiana protagonizados por personajes singulares con los que el artista se topó a lo largo de su trayectoria vital y profesional. Todo ello lo registró en placas de vidrio, en las que quedó grabada una onírica visión de Oriente: "desiertos estériles con sus luces y sombras, oasis fecundos con aguas que nos hablan de la fuente de la vida, y, como simbólica unión de lo anterior, mujeres encarnando los contrastes extremos de la inmensidad del desierto y la riqueza del oasis" (E. Lambelet).
El interés de las fotografías de Lehnert no sólo reside en su calidad artística. Su trabajo posee también un valor añadido, cual es que, además de ser el resultado de una delicada pasión, representa una visión personal marcada por una época: la visión peculiar que tuvo de Oriente un occidental que, aun inmerso en la cultura oriental, fue educado en la Europa de finales del siglo XIX.
Cabe interpretar por consiguiente que el interés de las fotografías de Lehnert y Landrock es fundamentalmente histórico. Porque bajo el polvo de unas placas de vidrio ha quedado reproducida la visión de una sociedad y de una época, así como los elementos característicos de eso que hemos convenido en denominar "orientalismo". Y aunque por éste entendamos un movimiento fundamentalmente artístico, difundido a través de la literatura, la pintura y la música, no hay que olvidar que sus orígenes no dejan de ser políticos. Pensemos a propósito de esto último en la campaña napoleónica de Egipto, en la liberación helénica del imperio otomano, o en las colonias europeas, empresas todas ellas que movieron a girar los ojos hacia Oriente, despertando a través de ellos la curiosidad de Occidente por ese otro mundo, puesta de manifiesto, por ejemplo, en la exposiciones universales de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Con el orientalismo, término que en realidad responde más a un clima y a un ambiente que a un estilo, los artistas románticos se inspiraron en una temática derivada del misterio que desprendía Oriente. Fue así como recrearon la sensualidad que envolvía el mundo de los harenes, los escenarios pintorescos que era posible observar en las calles, los paisajes románticos en torno a los oasis, o el horizonte de plenitud que se respiraba en los desiertos.
En relación con lo anterior, las obras de Lehnert son, sin duda, testigos de esa corriente. Porque es realmente a través de la lente del artista y de los posados de sus modelos como se nos ofrece una visión de Oriente ideada e idealizada desde Occidente y para Occidente.
De manera consciente o inconsciente, el trabajo fotográfico de Lehnert constituye una muestra de adhesión a ese movimiento que nos presenta un Oriente tal y como lo entendía el europeo de finales del XIX y comienzos del XX. Para plasmarlo, el maestro no regateó esfuerzo alguno. Buscó para ello el escenario perfecto en el desierto, localizando el grano de arena pulcro y la luz ideal. Y, sorteando las reglas éticas a las que obligaba la época y la sociedad, se valió de mujeres contratadas en burdeles para utilizarlas de modelos en sus posados. Fue con esas recreaciones y transformaciones de la realidad como logró transmitirnos un particular y atractivo Oriente occidental.
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