Cuando tres ronquidos se concentran a tu alrededor es que algo en el escenario no funciona. Rodeado de entes durmientes decidí dejar pasar un día antes de enfrentarme a una obra que realmente me pareció de lo peor que ha pasado esta temporada por el Tamayo.
Dos pantallas inmóviles en el escenario que molestan durante toda la representación y únicamente cumplen su función en momentos específicos muy determinados, como el paseo por New York o la decadencia de Juan Ramón. Que nadie venda el uso disciplinar de las artes como excusa para colocar a un cámara vestido de negro en el escenario y "empantallar" lo que ya se veía en la escena. La elegancía de la pianista interpretando sobre el escenario resta más críticas a esta redacción de los hechos. El repertorio, sin embargo, fue demasiado obvio.
La lectura de los diarios fue abusiva y de muy mal gusto el "pseudodocumental" en que la artista que encarnaba a Zenobia intenta explicarnos lo que estamos viendo, consiguiendo únicamente enfrascarnos en unas palabras que no tenían mucho sentido. De algunos detalles de su vida personal nos enteramos. Personalmente, me importaban un pimiento.
El chiquillo de primera fila de las butacas pares no paraba de molestar y su madre le reía las gracias. De hecho esa madre fue la única que se levantó para aplaudir al final de la sesión. El trabajo de los actores quizás lo mereció, pero lo nubló todo lo demás. Zenobia estuvo muy exagerada y Juan Ramón comedido. La muerte de la "americanita" con las líneas vitales de fondo en verde fluorescente fue otro homenaje al mal gusto.
Escenografía de "Zenobia" (CAT)
Un director de teatro me acompañó a la representación y confirmó mis críticas, que creía fundadas por el desconocimiento en la crítica de estos espectáculos. El tildó de desastre la representación, yo lo dejo en desacierto espacial y de recursos.