En una tarde fría de domingo encontré el calor en un escenario plagado de arte. Un teatro andaluz con Ramón Rivero, una madre y su hijo en el escenario. Tres épocas vitales de un individuo homosexual que a ratos hacía reir (fuera del humor zafio que a nuestro pueblo se le adosa desde emisiones locales) y por momentos, llorar por razones más allá de lo cruel de la infancia, la imcomprensión de la adolescencia y la resignación de la madurez.
Un texto de Santiago Escalante que encandilará sin duda a todos los amantes de lo magnífico de una historia. Sin momentos estelares, sin artificios inútiles. Todo es belleza, humor y amor. Sería muy fácil retomar el tema del "típico mariquita andaluz de pueblo", al que todos recordamos encalando casas o vistiendo santos (como en la obra). Gracias por no hacerlo señor Escalante.
Momento de la obra (Carmen Picazo)
La necesidad de hablar crea un vínculo entre el hombre y la imagen. Un eco que la sociedad no ha aceptado durante muchísimos años y que durante dos días el público de Granada decidió no parar de aplaudir.