Published On: Lun, Ene 23rd, 2017

Un 22% de los hombres y un 17% de las mujeres sufren apnea

En los últimos años los trastornos del sueño han aumentado cerca de un 6% siendo la apnea uno de los más frecuentes por detrás del insomnio y antes del síndrome de piernas inquietas, los terrores nocturnos y otros trastornos menos prevalentes. Los expertos recomiendan detectar los síntomas para un adecuado diagnóstico y tratamiento.

En los últimos años los trastornos del sueño han aumentado un 6% siendo la apnea uno de los más frecuentes que influye de forma negativa en la vida diaria de las personas. Este trastorno del sueño está adquiriendo cada vez más importancia en los últimos años porque el número de personas que lo padecen va en aumento.

Expertos de la Cátedra del Sueño de la Universidad de Granada-GrupoLoMonaco indican que un 22% de los hombres y un 17% de las mujeres lo padecen, aunque se cree que puede llegar a haber cerca del 80% de los casos sin diagnosticar. El mayor porcentaje de las personas que presentan este trastorno son adultos (de edad media y en la mayoría de las ocasiones hombres), con sobrepeso y roncadores.

La principal consecuencia en las personas que tienen apnea del sueño es el gran cansancio y constante sueño que tienen durante el día. En muchos casos, las personas se quedan dormidas casi en cualquier sitio, incluso conduciendo (lo cual la convierte en una de las principales causas de accidentes de tráfico): un 20% de los accidentes de tráfico puede estar relacionado con la falta de sueño.

Además son personas que expresan tener un “sueño ligero”, y en la mayoría de los casos tienen dificultades para concentrarse y memorizar cosas. Por todo lo anterior, en los pacientes con apnea  del sueño es de especial importancia conocer y valorar, además de todos los síntomas comentados, otros trastornos asociados, como puede ser la depresión, trastornos cardiovasculares, etc.

Se trata de un problema en el que se producen paradas respiratorias (apneas) mientras la persona duerme, por impedimento del paso del aire a través de la garganta. Para que se pueda emitir el diagnóstico, se deben producir al menos cinco paradas (completas o parciales) por hora de sueño, con una duración superior a 10 segundos cada uno de estos ceses respiratorios.

Los principales síntomas

Dejar de respirar en segundos: detectar cómo la persona que está dormida deja de respirar en algunos momentos, y tras unos segundos, presenta ahogo o asfixia, todo ello de forma constante durante toda la noche.

Sudoración: en la mayoría de los casos, las personas sudan bastante mientras duermen sin que la causa sea un calor excesivo.

Ronquido: la apnea del sueño va asociada con el ronquido, y en esos momentos de cese de respiración la persona también deja de roncar y por ello se percibe esta falta de respiración, pero no hay que confundir este trastorno con el ronquido. Una persona que ronca no tiene por qué padecer apnea, aunque por el contrario, prácticamente todas las personas que tienen apnea roncan.

Tratamiento

El tratamiento más usado es lo que se conoce como “CPAP” (que son la sigla en inglés de “presión positiva continua en la vía aérea”), o lo que comúnmente los pacientes denominan “mascara para respirar”. Es una pequeña máquina que bombea aire dentro de la vía respiratoria, a través de una mascarilla nasal, manteniendo la tráquea abierta durante el sueño. Este tratamiento disminuye el número de paradas respiratorias, pero en sí mismo no cura (porque cuando se deja de usar, vuelven a producirse las paradas respiratorias).

Por ello, en la intervención también hay que prestar atención a diferentes aspectos, tanto físicos o medio ambientales, como psicológicos. Es por esto que para mejorar el sueño de estos pacientes se deben modificar hábitos no adecuados. A nivel físico, son importantes aspectos como el colchón y la almohada, la temperatura y la luminosidad de la habitación, etc.

En lo referido a lo psicológico, hay que revisar y cambiar todo lo relacionado con los estilos de vida adecuados en relación al sueño. Así pues hay que implantar mejores prácticas de higiene del sueño (como por ejemplo mantener constante el horario de acostarse y levantarse, no consumir estimulantes o practicar ejercicio intenso antes de irse a la cama, entre otros), conductas saludables (tanto relacionadas con la alimentación, como con el ejercicio físico) y cambiar actitudes y creencias negativas sobre el sueño, además de eliminar el consumo de determinadas sustancias, como el alcohol y el tabaco.

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